Introitus

La idea. Elaborar un cartulario definitivo, un archivo general que contenga todo sobre Agustín Aguilar Tagle, así como aquello que se dio, se da y se dará en torno a su persona. En la medida de lo posible, se evitará el uso de imágenes decorativas (se usarán sólo aquellas que tengan cierto valor documental). Asimismo, se prescindirá de retorcidos estilos literarios a favor de la claridad y la objetividad (la excepción: que el documento original sea en sí mismo un texto con pretensiones artísticas). El propósito. Facilitar la investigación biográfica, bibliogáfica, audiográfica y fotográfica posterior a la muerte de Agustín Aguilar Tagle, de manera tal que sus herederos espirituales puedan dedicar los días a su propio presente y no a la reconstrucción titánica de virtudes, hazañas, amores, aforismos, anécdotas y pecados de un ser humano laberíntico, complejo y contradictorio. El compromiso. Cuando busco la verdad, pregunto por la belleza (AAT).













domingo, 29 de junio de 2014

El difícil arte de hacerse entender

La noche del sábado, mientras discutíamos en persona, tuvo Octavio el tiempo de escribir en su muro la palabra que motivó nuestra controversia: ¡Puto! 

¡Ventajas de nuestro siglo! Podemos fortalecer nuestras ideas con acciones inmediatas. 

Esa misma noche, al llegar a Marsella, leí el muro de Octavio y entendí que el enunciado es, en ese lugar y en estos momentos, todo un discurso. No es el resumen de un discurso, sino un discurso completo donde el autor expresa su posición.

Observo el éxito de las palabras de Octavio (condensadas en una sola). Queda muy claro que su discurso (¡Puto!). Aunque lacónico, es un alegato mucho más efectivo que mi larga y tediosa disquisición sobre el asunto, farragosa homilía que no ha conseguido notoriedad ("Ni la conseguirá", como dijo don Teofilito).

Al momento de escribir este párrafo, el discurso de Octavio tiene 14 “Me gusta” (en ellos estoy incluido). La cifra corresponde al 12.28% de sus contactos en Facebook. 

Mi discurso, en cambio, apenas ha logrado que el 0.85% de mis contactos apachurre el botón de "Me gusta".

Y aunque no sé con certeza si las personas que pusimos “Me gusta” al discurso de Octavio estamos de acuerdo o en contra de él, supongo que trece de ellas lo aprueban, mientras que una (yo) aplaude la libertad de expresión.  Además, estoy absolutamente cierto de que las catorce personas que pusimos “Me gusta” a dicho discurso lo leímos completo.

Por otro lado, tampoco sé si las cuatro personas que pusieron “Me gusta” en mi discurso están de acuerdo con él. Tampoco sabemos si lo leyeron. ¿Cómo debo entender esto? Como una evidencia de que, a diferencia de Octavio, no estoy logrando comunicarme con la gente, no estoy logrando obtener lo que pretendo. Esto –y lo digo con sinceridad y con humildad, sin ironía y menos con sarcasmo-, es una de las lecciones que me da nuestra sabrosa disputa sobre el sentido de las palabras: ante los ojos de la mayoría, mis palabras no tienen sentido.

¡Mis palabras no tienen sentido! Algo estoy haciendo mal al tratar de comunicarme. 

Durante la noche del sábado, Octavio fue elocuente y acertado. Yo, en cambio, fui torpe y fui incapaz de explicar mi posición (nunca he tenido agilidad mental, y por eso me refugio en la escritura).


Pero si de veras pretendo comunicarme, algo tengo que hacer.  No hacerlo será admitir que lo que busco es DESCONECTARME.

Ante esta penosa disyuntiva (conexión o escisión), aparece una puerta de salida: la búsqueda de otro medio que no sea el de las redes sociales ni tampoco la conversación directa. ¿Cuál es ese medio? No sé. Meditaré sobre ello.

sábado, 28 de junio de 2014

Dales azúcar en la boca a las rejegas

Sobre el lenguaje en la cama, 
en el templo y en el estadio



Dales la vuelta,
cógelas del rabo (chillen, putas),
azótalas,
dales azúcar en la boca a las rejegas,
ínflalas, globos, pínchalas,
sórbeles sangre y tuétanos,
sécalas,
cápalas,
písalas, gallo galante,
tuérceles el gaznate, cocinero,
desplúmalas,
destrípalas, toro,
buey, arrástralas,
hazlas, poeta,
haz que se traguen todas sus palabras.

Octavio Paz
Las palabras

“Ya veo que usted conoce a fondo el asunto.
Su caprichoso diablo me gusta mucho.
Pero quisiera que me hablara del hombre.”

Leonid Andréiev
El diario de Satanás


Permíteme, lector, transcribir aquí un largo párrafo de El arco y la lira, de Octavio Paz, donde el poeta deslinda a la poesía de lo que él llama, más adelante, “la expresión maquinal de nuestros sentimientos”. Este deslinde es, en mi opinión y para mi reflexión personal, muy importante, porque hace apenas dos o tres días me sentí tentado a considerar “poesía coral” al grito “puto” que hoy surge “espontáneamente” desde las gradas de los estadios donde se juega un partido de fútbol.  Así se me antojó considerarlo, es cierto, y muy seriamente, por lo que, en busca de bases teóricas, acudí a uno de los más grandes pensadores del siglo XX, para  confirmar, rectificar o incluso desmentir mi suposición.

Yo estaba equivocado. Y ya explicaré mi desacierto, con base en el poeta. Pero antes debo decir que, sin embargo, no cometeré otro error: el de considerar que si el grito en el estadio no es poesía, entonces es ladrido. No es uno (por lo que más adelante nos dirá el párrafo prometido) ni es otro –y aquí también acudo a Paz, quien a su vez recurre a Wilbur Marshll Urban- porque en el grito del estadio aparecen aparentemente las tres funciones del lenguaje humano: la función representativa, la función indicativa y la función emotiva, que son, a propósito, inseparables entre sí: “En cada expresión verbal aparecen las tres, a niveles diversos y con distinta intensidad. No hay representación que no contenga elementos indicativos y emocionales. Y lo mismo debe decirse de la indicación y la emoción”.

Observa, lector, que subrayo el adverbio aparentemente, porque me surge una pregunta: ¿El grito de los estadios es, como expresión verbal, un instrumento de comunicación? Creo que no. Y si lo fuera (pero no lo es), los guardametas adversarios deberían ser informados de la existencia milenaria de un remedio (todo maleficio tiene su antídoto eficaz): para neutralizar la vox pópuli, basta responder ¡Botellita de Jerez…! Con eso,  el petardo se malogra, por consecuencia homeopática. O puede, en su defecto, atenderse la recomendación hecha a Carlomagno por Alcuinus Flaccus Albinus en Aquisgrán, residencia favorita del emperador (aunque, para nuestra fortuna, está registrada en una de las epístolas del teólogo): 


Nec audiere qui solent dicere vox populi vox dei, 
cum tumultuosas vulgo semper insianae proxima sit. 

Aunque el latín de Alcuino es clarísimo, transcribo la traducción de Wikipedia: "No debe escucharse a quienes siempre dicen que la voz del pueblo es la voz de Dios, pues el desenfreno del vulgo está siempre cercano a la locura".


“En todo intercambio verbal
se juegan relaciones de poder (…).
Muy a menudo, es el más fuerte
quien impone al más débil
su propio idiolecto.”

Catherine Kerbrat-Orrechioni
La enunciación de la subjetividad en el lenguaje


Transcribamos ya el párrafo de Octavio Paz, donde zanjo el asunto (mi extraño deseo de sobreestimar o menospreciar el corus bellicum).

“Las palabras, frases y exclamaciones que nos arrancan el dolor, el placer o cualquier otro sentimiento, son reducciones del lenguaje a su mero valor afectivo. Los vocablos así pronunciados dejan de ser, estrictamente, instrumentos de relación. Croce observa que no se trata, propiamente, de expresiones verbales: les falta el elemento voluntario y personal y les sobra la espontaneidad casi maquinal con que se producen. Son frases hechas, de las que está ausente todo matiz personal. No es necesario aceptar el juicio del filósofo italiano para darse cuenta de que, incluso si se trata de verdaderas expresiones, carecen de una dimensión imprescindible: ser vehículos de relación. Toda palabra implica un interlocutor. Y lo menos que puede decirse de esas expresiones y frases con que maquinalmente se descarga nuestra afectividad es que en ellas el interlocutor está disminuido y casi borrado. La palabra sufre una mutilación: la del oyente”.

¿Pero si no es poesía ni es ladrido, qué diantres puede ser el exabrupto en los estadios?

¡Hice trampa! Acabo de llamar al grito exabrupto. No lo es, al menos no lo es en el estadio. Dicho en misa, a la hora de la Consagración, sí lo sería y muy feo: una descortesía y una irreverencia, que acaso podemos justificar y hasta aplaudir en las acciones del colectivo Pussy Riot, pero no en nuestro retorcido deseo de presionar a Dios para que yerre en el milagro de la transubstanciación. 

A propósito –permítaseme la digresión-, debo confesar un pecado que cometí en París (enero de 2014): fui con Luz Elena, mi sobrina amada, a misa cantada en Notre Dame, muy tempranito, y pasé a comulgar. Pero en vez de deglutir el cuerpo de Cristo, lo saqué de mi boca, lo puse entre mis manos y lo guardé en una pequeña lata vacía de pastillas con sabor a yerbabuena. Lo mismo hice, días más tarde, en Saint-Nicolas du Chardonnet, templo que desde 1977 está ocupado por la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (fundada por Marcel Lefebvre –seguramente, los católicos de mi generación lo recuerdan muy bien): conservé también la segunda hostia consagrada (pan de vida) en una lata vacía de gomitas Valda Adoucit La Gorge.


Notre Dame

Sé que mi acción es un pecado, pues la Santa Madre Iglesia prohíbe terminantemente robar el manjar del justo, alimente con el que se nutre y fortalece nuestra caridad, y con la que somos colmados de gracia y bendición.

Todavía no encuentro el documento en el que se define este pecado, pero no me queda duda de que lo es, después de leer con mucha atención el artículo del catecismo católico dedicado a la Eucaristía (Parte II, Sección II, Capítulo I, Artículo 3) y la declaración del Código de Derecho Canónico sobre el asunto: Qui Divinam Eucharistiam abiecit aut in sacrilegum finem abduxit vel retinuit, excommunicatione maiore puniatur (Quien arroja por tierra las especies consagradas o las lleva o retiene con una finalidad sacrílega, incurre en excomunión). Sin embargo, espero defenderme con un argumento: no hubo, no hay y no habrá en mi acción y mi conserva profanación ni voluntad sacrílega sino humilde y respetuoso deseo de contar con una reliquia de valor inestimable: Latens Deitas (Divinidad Oculta o Dios Escondido), frase feliz de Santo Tomás de Aquino en su Adoro te devote (1264).

Saint-Nicolas du Chardonnet

Salto del tren de la digresión y vuelvo caminando al andén donde dejé mis reflexiones sobre el corus bellicum.

“…tomarte por atrás, como un cerdo que monta una puerca,
glorificado en la sincera peste que asciende de tu trasero,
glorificado en la descubierta vergüenza de tu vestido
vuelto hacia arriba y en tus bragas blancas de muchacha
y en la confusión de tus mejillas sonrosadas y tu cabello revuelto.”
Carta de James Joyce a Nora Bernacle
2 de diciembre de 1909


Preguntaba yo, antes de confesar mi pecado parisino: ¿Pero si no es poesía ni es ladrido, qué diantres puede ser el exabrupto en los estadios?

Ni exabrupto ni ex abrupto. Grito, solamente, sin adjetivos ni descripciones, grito pensado, coordinado y vuelto consigna (que se anuncia con la interjección “eh”). Grito, solamente, como el de la pintura de Edward Munch (figura andrógina, angustiada y asustada –alguien, no me acuerdo dónde, advirtió que el personaje no está usando sus manos como magnetófono sino que está tapándose los oídos), el alarido que aparece cuando, ayunos de ideas y llenos de naturaleza, soltamos “lo primero que se nos ocurre”, como en la cama y frente al objeto amado: no soy yo el que habla, sino el que (los que) que traigo adentro, con esas ansias sadomasoquistas de amar a través de la denigración del otro o la deificación del otro: puta, dios, mamá… o el urgente mandato de “venirse”, formulación de quien, al vaciarse, se adentra en sí mismo, no va, viene, SE viene en sí: decimos al objeto amado que se venga no como un llamado sino como la instrucción de que es hora de que ambos regresen a sí mismos, cada uno a su manera, milagrosa transmutación de los fluidos en la sangre de Nuestro Señor Jesucristo, podría haber dicho Joyce, si no es que lo dijo en alguna parte y de mejor manera.

Expuesto todo lo anterior, pregunto: ¿Por qué nos está costando tanto trabajo aceptar que en el corus bellicum de los estadios (¡Puto!) hay una evidentísima expresión homofóbica? ¿Por qué no admitimos que hay en esa palabra-oración (Tú eres puto) una confesión general: lo peor que puedo decirte es el mayor de mis miedos, la mayor de mis probables desgracias, el mayor de mis deseos, el ser dominado, penetrado, invadido, bocabajeado, como “sospecho” que lo es el homosexual pasivo (el puto)?

¿Por qué preferimos fingir y decir: “No, esto no quiere decir lo que dice”?

Aplaudiría su sinceridad si los aficionados mexicanos dijeran: “Sí, decimos puto al otro como contraste de nuestra convicción-aspiración, el de tener la verga bien parada, porque somos bien machos y nos los vamos a culear a todos, hijos de la chingada, para que sepan quién es su padre.”

No, eso no se dice. Se dice: “Es de relajo, no lo tomen tan en serio”.

En las dos únicas ocasiones que tuve la fortuna de conocer ciudades extranjeras (La Habana y París), no me costó ningún esfuerzo esconder en la medida de lo posible mi nacionalidad y pasar inadvertido. En ninguna de ambas ciudades quise que me vieran: fui a ver, a escuchar, a oler, a comer, a asombrarme ante la visión de lo otro que también soy yo y de lo otro que nunca he sido ni creo llegar a ser, a maravillarme ante las diferencias y las semejanzas. Me refiero a las diferencias y las semejanzas conmigo mismo; porque no fui –ni iré nunca- como embajador de una entelequia nacionalista sino como discreto admirador del mundo y de la gente. Y en esta admiración incluyo a muchos mexicanos a los que no sólo respeto y amo sino que, además, tomo de inspiración para crecer como ser humano. Cada uno de nosotros es un país distinto. Escuchar a alguien es viajar a otra parte, conocer otro lenguaje, otras costumbres, otros hábitos, otros sueños, otro ángulo del universo.

¿Conozco a los mexicanos? No. Apenas si conozco a algunos mexicanos. A algunos los conozco en persona. A otros, en cambio, sólo los conozco a través de su escritura, de su pintura, de su actividad política o de su música. Mantengo relaciones de amistad y de fraternidad con aquellos con quienes comparto fragmentos de la memoria, zonas de gusto, una que otra idea, un lenguaje relativamente común y un ámbito inefable, esa dimensión inasible que llamamos amor.

En mis constantes viajes a las personas, he descubierto en muchas de ellas la vigencia de una declaración, la del arrogante Humpty Dumpty que aparece en el capítulo 6 de Alicia a través del espejo: “Cuando yo uso una palabra, esa palabra quiere decir lo que yo quiero que diga, ni más ni menos”.

La cuestión –insistió Alicia (una de las grandes polemistas y racionalistas de todos los tiempos)-, la cuestión es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes…

La cuestión –zanjó Humpty Dumpty- es quién es el que manda. Eso es todo.

Por eso, por esta conducta solipsista (que Georges Mounin condena en 1951, por reaccionaria y burguesa), por esa codicia lingüística (propia de los tiranos) donde la semántica pierde sentido, muchas personas son capaces de afirmar, por ejemplo, que Dios existe, “porque la palabra dios quiere decir lo que yo quiero que diga, y mañana, si se me antoja, significará lo contrario”.

En su Breve ensayo sobre la perentoriedad, la uruguaya Mónica Vázquez llama a Humpty Dumpty “precursor del cubismo”, pero no lo llama así por su permanente asalto a la razón y su constante invasión a los significados, sino por la propuesta que hace a Alicia de probar tener los dos ojos en un mismo lado de la nariz y tener la boca en la frente. Sin embargo, creo que la sugerencia cubista de Humpty Dumpty alcanza y cubre su invitación a dinamitar el lenguaje para que, al caer en pedazos, los jirones del lenguaje “digan lo que yo quiero que diga, ni más ni menos”.



lunes, 23 de junio de 2014

Hay lugares II

No existe el lenguaje inocente, ni siquiera en la infancia: somos lo que decimos, y de esto ni Molotov se salva. Si a alguien le sigue causando gracia su desafortunada canción ("marica nena, más bien putino, puto, le faltan tanates"), a mí no. A mí me parece muy desagradable. 

Recuerdo cuando mi padre nos llevó a Gerardo y a mí, el 25 de septiembre de 1966, al Estadio Azteca. Teníamos once años de edad. ¡Chivas-América! Creo que era la primera vez que estos equipos se enfrentaban en el Estadio Azteca. ¡Imagínense! Simplemente, piensen en una noche del mundo en donde todavía no existe el Sargento Pimienta. ¡Así de oscura era la noche! Hagamos presente esa noche, noche de septiembre, estadio nuevecito, lleno total, cancha iluminada, escenario de teatro para gigantes donde el verde del pasto es una manifestación de lo divino; Gerardo y yo con la boca abierta, el aullido del público es constante y uniforme; a veces baja de volumen, a veces se intensificaba. Mi padre nos compra un enorme vaso de cerveza, y Gerardo y yo nos paramos a gritar cuando escuchamos gritar a mi padre (un gigante), ante un "dribling" de antología, ante un "corner" peligroso, ante un "off-side" clarísimo, ante un chanfle desestabilizador, ante una amenaza de gol, ante una falta: ¡Penalti, penalti! ¡Árbitro ciego! Gritos, enojos, risas, emociones, lleno total, público dividido entre americanistas y chivas (aunque, como siempre en la Ciudad de México, son más las Chivas que los americanistas).

El partido quedó 0-0, pero todos salimos llenos, plenos, sonrientes, agradecidos de tanta emoción. El caso es que no recuerdo un ambiente pesado, sino una atmósfera alegre donde se valía decir "pendejo", "qué chingada madre, ahí lo tenías, carajo", "árbitro ciego, ciego y pendejo" (pero con cierta contención, "por respeto a las damas"). Sinceramente, no recuerdo que alguien haya usado la palabra "puto". Pudo haberse dicho, no sé, no me acuerdo. Yo digo que no. Y no porque entonces fuéramos más civilizados o menos discriminadores, sino porque era una palabra muy fuerte: podías ser un hijo de la chingada, podías ser un cabrón, un pendejo, un ciego, un gallinita, pero no un puto, un puto no, eso era demasiado fuerte, era algo política, filosófica y religiosamente contra-natura. Dudo mucho que alguien, entonces, hubiera soltado esa palabra en el estadio. Ser puto entonces era ser un paria, a menos que tuvieras el elegante descaro de Salvador Novo. Pero puedo estar equivocado. Culpo a mi memoria de esta laguna. De cualquier manera, sospecho que la asociación puto-cobarde es idéntica a la asociación mujer-cobarde. Entonces, la asociación tiene que ver, en ambos casos, con la condición de un ser que está "rajado", ser que "se dobla" y es penetrado (cfr. Octavio Paz, El laberinto de la soledad), lo que me hace concluir que el grito "puto" no es una expresión homofóbica sino misoginia disfrazada.


¡La lengua, la lengua! Por la boca muere el pez. Decimos que una mujer embarazada está en estado de gravedad, porque su embarazo la ata con más fuerza a la ley de la gravitación universal; pero como "lo grave" se asocia también con "abajo", y lo de abajo se asocia a lo malo, "lo grave" se vuelve sinónimo de "lo enfermo" (porque el enfermo, al estar postrado en su cama, también está atado más que los sanos a la gravedad); de ahí que todavía hoy muchas personas anuncien el parto con un extraño "ya se alivió". Pero mal hacemos en incomodarnos, al creer que quien dice que Fulanita se alivió afirma con ello que hubo alguna enfermedad, porque el latino alleviare significa "aligerar". Pero sí debemos incomodarnos, ahora que lo pienso, porque dudo mucho que quien dice que "Fulanita se alivió" tenga conciencia etimológica. Lo mismo pasa con el grito de la afición mexicana en Brasil: la gente que asiste a los partidos no tiene frescas sus clases de etimologías grecolatinas, así que su “puto” significa “puto”.

Es cierto, en algunos antros gayos la palabra "puto" se vuelve sello de orgullo. La comunidad gay -acostumbrada a muchas cosas poco agradables- descubre que vivir la farsa de las palabras es “catártica”, alivia, aligera, desintoxica. Si me digo a mí mismo puto, la palabra puto pierde fuerza, se vuelve inofensiva. Casi estoy seguro de que entre los aficionados mexicanos en Brasil hay varios gayos y que todos ellos se unen al grito contra el portero, presión que, a propósito, me parece certera: el jugador número 12 decide intervenir, porque las circunstancias lo ameritan. El fútbol de la Copa del Mundo -según entiendo- no es un deporte sino una permanente defensa de la nación contra los otros. ¿Y quiénes son los otros? ¡Los otros, los hijos de la chingada, los putos! ¿Y qué hicieron los otros para merecer nuestro desprecio? Existir. Esta interpretación explica que el mismo presidente de la República los reciba y les encomiende la salvaguarda de nuestro ser nacional:

-¡Chínguense a esos putos!
Concluyo con una afirmación personal: a mí no me gusta decir (y menos gritar) la palabra “puto” en público. Cuando lo hago, me siento mal, siento que traiciono mi esfuerzo por alejarme de la homofobia y de la misoginia.

domingo, 22 de junio de 2014

Hay lugares

AL CALOR DEL DESMADRE Y EL ALCOHOL
Participo, como todos, en reuniones de amigos donde la asistencia es variopinta. Ya no tanto, muy pocas veces, antes de manera más frecuente. Con la edad, se vuelve uno muy selectivo y menos patita de perro.

¿Qué nos lleva a una reunión de distintos que se caen bien? Una amistad superficial, una amistad que no se compromete más allá del abrazo y la sonrisa, y a la que le basta para complacerse la mansedumbre mutua. Reuniones cordiales, afectuosas y amables que quedan registradas en un álbum de Facebook o que se resumen en un “tuit”. Y no falta la foto de los amigos abrazándose en su ebriedad. Y no falta el comentario facebookero de un tercero al pie de la foto: ¡Par de putos!

¿Hay en esa expresión un insulto a terceros? Pienso que sí. Negarlo es tirar la piedra y esconder la mano. Pero también creo que lo seguiremos haciendo, desafortunadamente, pues parece que no percibimos las connotaciones homofóbicas de su uso. 

A todos nos tocó, en la infancia y en la adolescencia, más de una putiza dada a alguien que se pasó de verga con las palabras.

-Estaba yo besando a mi novia, pasó este pendejo y me gritó: ¡Cuéntale de cuando eras puto!

AL CALOR DE LA TERTULIA EN PETIT COMITÉ

Hay otra amistad, aquella en la que el amigo se vuelve un verdadero carnal: amistad intensa, pasional, fraternal y necesaria que se vive con un número mínimo de personas; amistad que no requiere de encuentros frecuentes (excepto entre adolescentes). La reunión de la amistad íntima sucede con muchos silencios, con menos palabras, sin grandes discusiones, con mucho placer por el sonido del vino que se escancia sin prisa. En esas reuniones muy íntimas, la palabra “puto” se usa con menos frecuencia. Pero se usa.

NO SEAS PUTO Y DAME UN BESO

Para referirnos a quienes gustan de personas de su mismo sexo, hemos adoptado, creo que desde mediados de los 80 e importada de San Francisco, California, la palabra “gay” (del occitano “gai”), a la que a mí me gustaría sustituir por su versión española: gayo (alegre, vistoso), como La Gaya Ciencia, de Federico Nietzsche. El rescate de “gayo” para el habla cotidiana daría a muchas canciones mexicanas una nueva lectura. Imaginemos la y griega en el canto de Miguel Aceves Mejía: “Gayo de oro tú serás, heraldo y paladín de la revolución”; en el canto de Vicente Fernández: “Quien pudiera tener la dicha que tiene el gayo”; en el canto de Antonio Aguilar: “…que este gayo colorado no hay palenque ‘onde haya estado en que no haya demostrado su bravura y su valor”; en el canto de Luis Aguilar “…que me han agarrado preso, siendo un gayo tan jugado”.

No me gusta la palabra "puto", aunque claro que la uso, tanto para referirme a un homosexual como para "chacotear" con los amigos. En las reuniones, la palabra puede ir y venir de aquí para allá, casi siempre con su connotación peyorativa (cobarde, traidor), a veces con su connotación equívoca (homosexual) y nunca en sus acepciones originales: varón que se prostituye con homosexuales o simplemente niño. Las figurillas de niños desnudos y alados en las pinturas renacentistas y barrocas son llamadas putti, que es plural del italiano putto (poco se usa, pues se prefiere bambino). Con su revoloteo alrededor de la figura principal, los putti señalan la presencia de Dios en la escena.


Pero yo me esfuerzo en limitar el uso de esta palabra, porque sí veo en ella homofobia, como veo clasismo y racismo en la expresión “Se viste como gata”. Hay cosas peores, es cierto:

-¿Y cómo ves a la novia de Rodrigo?
-Pues… Es de extracción humilde, digamos.

Una palabra que casi hemos logrado desterrar es “naco”. Sin embargo, las bajas pasiones nos llevan a pronunciarla: ¡Pinche naco! ¡Puto de la chingada! ¡Pinche vieja gata!

Y la risa surge y el vino se escancia. Hay cariño en la algazara, hay barullo en el cariño. Bastan algunos sorbos para que los besos y las lágrimas se suelten a diestra y siniestra. Dos amigos muy machos se abrazan y riegan el whisky en sus camisas.

-¡Cómo te quiero, cabrón! Si no fueras tan puto, me cae que te besaba en la boca.

Hay farsa, nos reconocemos en una obra de teatro a la que llamamos vida. Sabemos que aún hay en nuestro libreto privado algunos diálogos extraños en los que aparecen palabras y frases con las que nos formamos desde pequeños.

Sabemos que podemos usar la palabra en privado, entre cuates, pero es claro el acuerdo colectivo: aquí (adentro) hacemos el amor; allá (afuera, en la calle) hacemos política. Nuestro discurso callejero es política, nuestro discurso hogareño es amor. El estadio es la calle, y ahí nuestro discurso es político. La homofobia y el catolicismo de Vicente Fox y Felipe Calderón no serían tema de conversación si sólo hubieran expresado una y otro en su casa (sería lamentable, pero sólo para sus "seres queridos" y no para la República). El problema es que, tiro por viaje, su discurso político llevaba cargas homofóbicas y cargas religiosas. Alguien habría tenido que decirles: Señor, hay lugares y lugares.

Y esto nada tiene que ver con el Manual de Carreño, tiene que ver con la civilización. Los heterosexuales formados en la vieja escuela (misógina y homofóbica), sabemos que, como decían las mayores, “hay lugares y lugares”. En cambio, a la gente educada por Televisa, por TVAzteca y por el Panda Show les parece que la calle y la casa son la misma cosa. Hoy le gritan a los porteros "¡Puto!". Mañana, cuando regresen de Brasil, seguirán gritando a las mujeres en la calle: ¡Qué rico culo tienes, mamacita!, haciendo política con su lenguaje. 

viernes, 6 de junio de 2014

Nadie goza el beso desde afuera


Bésame rumiante, deja
que el mundo ruede
mientras nos comemos.
K.H. Ganesha


El beso sólo es gozo dentro de sí mismo. Afuera, la humanidad desaprueba, se divierte, se asquea, se excita, se acuerda, se duele, se enoja, se indigna, se asombra, se ríe, se alumbra, se sabe, se espanta. Sonríe, pero no goza. Nadie goza el beso desde afuera.

El voyeur de besos no goza el beso ajeno, sólo lo usa para su propio dolor-gozo, el dolor-gozo suyo, el dolor-gozo que brota en otro planeta, en un mundo hacia el que sus miradas intrusas envían instantáneas de lo observado. Ese mundo es un mar de llanto sobre el que flotan cientos de fotografías Polaroid (la mirada del voyeur está compuesta de substancias químicas).

Nadie goza el beso desde afuera. Y esto explica un fenómeno comprobable: las putas se niegan a besar. Todo tiene precio, excepto el beso. Las putas no besan. ¿Cómo lo sé? ¡Porque lo sé, porque lo sé! Tengo amigas de la calle (ellas me cuentan). Además, una tarde de abril de 1987, atrapado en el Hotel Tijuana, una puta me besó.

Ella fijó su mirada en mis ojos y me dijo, con el tono de quien ha tirado al suelo y hecho añicos un jarrón de porcelana china:

-Esto nunca lo hago, esto no tiene nada que ver con otra cosa. Me equivoqué, me distraje. Si pudiera arrebatarte mi beso, lo haría.
-¡Déjalo, no pasa nada!
-No, sí pasa. Pasa que tú no entiendes –respondió ella mientras dejaba la cama y se vestía-. Ya ni modo: acabo de traicionarme, he tropezado y no merezco más que tu amor: tenemos que vivir juntos. ¿Me amas?

Yo tuve que amarla. Y vivimos juntos durante mucho tiempo, hasta que ella recordó quién era (nos despedimos en el Hotel Tijuana, y no dejó que yo la besara).

Nadie goza el beso desde afuera, porque el gozo del beso existe sólo dentro del beso. El beso no va más allá de sí mismo. ¡No debería ir más allá de sí mismo! Lo cierto es que muchos terminamos amando lo que besamos, como las putas cuando se equivocan. Lo correcto es besar lo que se ama, no amar lo que se besa, porque el que ama lo que besa corre el riesgo de odiar algún día lo que besa. En cambio, el que besa lo que ama, no corre ningún riesgo. ¡No existe el desbeso! No podemos desbesar a quien amamos.

Por otro lado, nadie hace la revolución con un beso. La revolución estalla sin que los labios y las lenguas digan esta boca es mía. Luego, al triunfar, entonces sí, toda revolución se llena de besos. ¿Por qué? ¡Porque es demasiada la alegría y hay que apagarla con besos!

Los besos sirven para que regresemos a nuestra tristeza natural.

Observemos a una pareja que se besa: cuando termina de besarse, sus partes se miran con tristeza, con mucha tristeza. Siempre se miran con tristeza los que acaban de besarse. Algunos llaman ternura a la tristeza. ¡Es lo mismo! La ternura es un estado de suavidad y dulzura que se resume en una sonrisa melancólica y una mirada triste, profundamente triste. Porque el beso esboza la realidad platónica de nuestros cuerpos: estamos escindidos, estamos disgregados, somos frutos de la disgregación, islas condenadas a ser lo que somos, islas que encuentran en el beso una manera de mojar la playa de otras islas.