Introitus

La idea. Elaborar un cartulario definitivo, un archivo general que contenga todo sobre Agustín Aguilar Tagle, así como aquello que se dio, se da y se dará en torno a su persona. En la medida de lo posible, se evitará el uso de imágenes decorativas (se usarán sólo aquellas que tengan cierto valor documental). Asimismo, se prescindirá de retorcidos estilos literarios a favor de la claridad y la objetividad (la excepción: que el documento original sea en sí mismo un texto con pretensiones artísticas). El propósito. Facilitar la investigación biográfica, bibliogáfica, audiográfica y fotográfica posterior a la muerte de Agustín Aguilar Tagle, de manera tal que sus herederos espirituales puedan dedicar los días a su propio presente y no a la reconstrucción titánica de virtudes, hazañas, amores, aforismos, anécdotas y pecados de un ser humano laberíntico, complejo y contradictorio. El compromiso. Cuando busco la verdad, pregunto por la belleza (AAT).













sábado, 27 de septiembre de 2014

La fiesta de la insignificancia



¿Será ésta la última novela de Milan Kundera? No sé. No sé si Kundera ha declarado algo sobre el asunto, es decir, si piensa dejar la escritura, ahora que la vejez lo ha sorprendido en su apacible residencia parisina. 

La pregunta no es ociosa, al menos para mí, un lector desordenado que se niega a romper el hilo existente entre el creador y la obra, ese cordón umbilical a través del cual se alimenta la criatura nueva en su período de gestación. 

Porque si La fiesta de la insignificancia, que casualmente también trata sobre el ombligo (y sobre la madre, entre otros asuntos), si esta brevísima novela, digo, es la despedida literaria de un gran escritor, habrá que leerla con muchos ojos, y no porque así deba ser sino porque nosotros somos la generación que está leyendo muy probablemente el último Kundera… con Kundera vivo.

Imagino la siguiente escena:

Es 1846. Estoy en Place du Tertre, en Montmartre, así que decido comer algo en La Mère Catherine. Al reconocerme, uno de los meseros se acerca y me entrega un ejemplar de Le Constitutionnel:

-Soupe à l’oignon gratinée, monsieur?
-Mais oui, comme d’habitude, cher Jean Albert.

La reverencia de Jean Albert es un disimulado gesto que sólo yo percibo y que agradezco con el esbozo de una sonrisa. Al desaparecer el joven, me concentro en hojear el periódico, sin prisa, con ese desgano de quien se sabe fuera de tiempo. De pronto, al llegar a las páginas centrales, aparece ante mis ojos el primer capítulo de La prima Bette. ¿Y de quién es esta nueva novela de folletín? ¡Claro, pero por supuesto! ¡Honorato de Balzac! Al percatarme de que me encuentro frente a la nueva novela de Balzac, me da el escalofrío; luego llega un leve mareo: recuerdo que estoy en 1846.

Llega Jean Albert con mi sopa de cebolla. Al dejarla junto a mí, los ojos del muchacho se tropiezan con mi lectura:

-Monsieur…
-Mande usted.
-Lire attentivement. Balzac va mourir dans quatre ans.
-¿Balzac morirá dentro de cuatro años? ¿Y por qué lo sabes?
-Parce que je sais, monsieur!

A partir de este momento, con la revelación de Jean Albert, mi lectura de La Prima Bette se vuelve una doble lectura: la historia por sí misma y la despedida inconsciente de un hombre maravilloso, Balzac. 

Y algo semejante me sucede ahora. He terminado la lectura de La fiesta de la insignificancia, y mi Jean Albert me susurra: 

-Aquí termina todo, no habrá más Kundera. Lee con atención antes de juzgar. 

Comienzo por segunda vez La fiesta de la insignificancia. El Jardín del Luxemburgo, el ombligo al aire de las parisinas, un cáncer fingido, una lengua falsa, los ángeles, la voz de una madre ausente, Stalin, la próstata de un hombre insignificante, Narciso y sus espejos, amantes borrosas, viudas deslavadas… Y, al final, la Marsellesa cantada por un coro infantil.

Leo por segunda vez La fiesta de la insignificancia. Imagino a Milán Kundera en su retiro parisino: tranquilo, sin aspavientos, sin arrogancias; un hombre viejo que parece gozar las minucias de la vida.


Algunos lectores se sentirán desilusionados con esta pieza breve de Kundera (alguien la ha llamado "epílogo triste" para una obra  de vida que contiene diez novelas). Yo me siento agradecido, profundamente agradecido. Y comienzo de nuevo la lectura: 

Era el mes de junio, el sol asomaba entre las nubes...