Introitus

La idea. Elaborar un cartulario definitivo, un archivo general que contenga todo sobre Agustín Aguilar Tagle, así como aquello que se dio, se da y se dará en torno a su persona. En la medida de lo posible, se evitará el uso de imágenes decorativas (se usarán sólo aquellas que tengan cierto valor documental). Asimismo, se prescindirá de retorcidos estilos literarios a favor de la claridad y la objetividad (la excepción: que el documento original sea en sí mismo un texto con pretensiones artísticas). El propósito. Facilitar la investigación biográfica, bibliogáfica, audiográfica y fotográfica posterior a la muerte de Agustín Aguilar Tagle, de manera tal que sus herederos espirituales puedan dedicar los días a su propio presente y no a la reconstrucción titánica de virtudes, hazañas, amores, aforismos, anécdotas y pecados de un ser humano laberíntico, complejo y contradictorio. El compromiso. Cuando busco la verdad, pregunto por la belleza (AAT).













sábado, 27 de septiembre de 2014

La fiesta de la insignificancia



¿Será ésta la última novela de Milan Kundera? No sé. No sé si Kundera ha declarado algo sobre el asunto, es decir, si piensa dejar la escritura, ahora que la vejez lo ha sorprendido en su apacible residencia parisina. 

La pregunta no es ociosa, al menos para mí, un lector desordenado que se niega a romper el hilo existente entre el creador y la obra, ese cordón umbilical a través del cual se alimenta la criatura nueva en su período de gestación. 

Porque si La fiesta de la insignificancia, que casualmente también trata sobre el ombligo (y sobre la madre, entre otros asuntos), si esta brevísima novela, digo, es la despedida literaria de un gran escritor, habrá que leerla con muchos ojos, y no porque así deba ser sino porque nosotros somos la generación que está leyendo muy probablemente el último Kundera… con Kundera vivo.

Imagino la siguiente escena:

Es 1846. Estoy en Place du Tertre, en Montmartre, así que decido comer algo en La Mère Catherine. Al reconocerme, uno de los meseros se acerca y me entrega un ejemplar de Le Constitutionnel:

-Soupe à l’oignon gratinée, monsieur?
-Mais oui, comme d’habitude, cher Jean Albert.

La reverencia de Jean Albert es un disimulado gesto que sólo yo percibo y que agradezco con el esbozo de una sonrisa. Al desaparecer el joven, me concentro en hojear el periódico, sin prisa, con ese desgano de quien se sabe fuera de tiempo. De pronto, al llegar a las páginas centrales, aparece ante mis ojos el primer capítulo de La prima Bette. ¿Y de quién es esta nueva novela de folletín? ¡Claro, pero por supuesto! ¡Honorato de Balzac! Al percatarme de que me encuentro frente a la nueva novela de Balzac, me da el escalofrío; luego llega un leve mareo: recuerdo que estoy en 1846.

Llega Jean Albert con mi sopa de cebolla. Al dejarla junto a mí, los ojos del muchacho se tropiezan con mi lectura:

-Monsieur…
-Mande usted.
-Lire attentivement. Balzac va mourir dans quatre ans.
-¿Balzac morirá dentro de cuatro años? ¿Y por qué lo sabes?
-Parce que je sais, monsieur!

A partir de este momento, con la revelación de Jean Albert, mi lectura de La Prima Bette se vuelve una doble lectura: la historia por sí misma y la despedida inconsciente de un hombre maravilloso, Balzac. 

Y algo semejante me sucede ahora. He terminado la lectura de La fiesta de la insignificancia, y mi Jean Albert me susurra: 

-Aquí termina todo, no habrá más Kundera. Lee con atención antes de juzgar. 

Comienzo por segunda vez La fiesta de la insignificancia. El Jardín del Luxemburgo, el ombligo al aire de las parisinas, un cáncer fingido, una lengua falsa, los ángeles, la voz de una madre ausente, Stalin, la próstata de un hombre insignificante, Narciso y sus espejos, amantes borrosas, viudas deslavadas… Y, al final, la Marsellesa cantada por un coro infantil.

Leo por segunda vez La fiesta de la insignificancia. Imagino a Milán Kundera en su retiro parisino: tranquilo, sin aspavientos, sin arrogancias; un hombre viejo que parece gozar las minucias de la vida.


Algunos lectores se sentirán desilusionados con esta pieza breve de Kundera (alguien la ha llamado "epílogo triste" para una obra  de vida que contiene diez novelas). Yo me siento agradecido, profundamente agradecido. Y comienzo de nuevo la lectura: 

Era el mes de junio, el sol asomaba entre las nubes...

viernes, 25 de julio de 2014

Padres difíciles


Abraham

Abraham estaba convencido de que Jehová, su dios, intentaba comunicarse con él. Estuvo a punto de degollar a su hijo Isaac y de “ofrecerlo en holocausto”, porque el profeta escuchó voces y porque tuvo sueños peculiares.

Judíos y musulmanes sostienen versiones distintas del mismo hecho. Mientras la Torá dice que fue Isaac el que estuvo a punto de ser víctima de filicidio (Génesis 22), el Corán sugiere que el joven del dramático episodio fue Ismael, el primogénito de Abraham.

Sí y no, arguyen judíos y cristianos: Ismael es hijo de una esclava egipcia (Agar). Isaac, en cambio, es hijo de Sara, la mujer “legítima”.

Pues será el sereno, digo yo, pero los versículos 15 y 16 de Deuteronomio son muy claros con respecto a la primogenitura y coinciden con el filósofo de Güemes: “El primer hijo es el primer hijo”.

Aunque en la sura 37:102 del libro islámico Ismael va al sacrificio consciente de su destino y con absoluta voluntad, sospecho que desde ese día ya no pudo vivir (y menos dormir) tranquilo al lado de su padre.

 -Ofrécelo (o elévalo) en holocausto, dijo Jehová.

Así que podemos suponer que la idea era matarlo y quemarlo entero en una pira de leña, para, como señala la ley mosaica, “alzar un olor agradable hacia el Señor” (Levítico 6, 15).

El dios de Abraham pide un holocausto y no un moirocausto. De haber exigido Jehová un moirocausto, el profeta hubiera tenido que asar una parte de su hijo para comérsela, a manera de cordero pascual, con una suculenta guarnición de dátiles y yerbas. De cualquier manera y afortunadamente (o mejor dicho, providencialmente), un ángel detiene a tiempo el que hubiera sido el más insensato de los sacrificios.

Layo

Pero Abraham no es el único padre difícil. El rey Layo abandona a Edipo a su suerte porque el oráculo de Delfos le había asegurado que moriría a manos de su propio hijo, cosa que a la mera hora sucedió: Layo y Edipo se encontraron en un camino estrecho, y ambos –sin reconocerse- se exigieron simultáneamente  el derecho de paso. Como ninguno cedía, terminaron liados a golpes. Muere Layo y su auriga.

Pedro Páramo

El camino de Edipo me recuerda a Abundio Martínez. El arriero, borracho, tuerce el camino, sale del pueblo y toma una vereda que lo lleva directo a la hacienda de su padre, quien lo ve llegar pero no lo reconoce (no sabe que es su hijo). Abundio da traspiés, “agachando la cabeza y a veces caminando en cuatro patas”, como el personaje del acertijo de la Esfinge que resuelve Edipo.

Abundio llega frente a su padre, quien está sentado junto a la puerta principal de la hacienda. No se reconocen. Abundio ruega por una caridad para enterrar a su mujer. Su padre, indolente, esconde el rostro debajo de una cobija.  Abundio lo apuñala.

El hombre apuñalado por su hijo es Pedro Páramo, un padre difícil.

miércoles, 23 de julio de 2014

Las latas personalizadas de Coca-Cola



La que dominó bajo Luis Felipe no fue la burguesía francesa sino una fracción de ella: los banqueros, los reyes de la Bolsa, los reyes de los ferrocarriles, los propietarios de minas de carbón y de hierro y de explotaciones forestales y una parte de la propiedad territorial aliada a ellos: la llamada aristocracia financiera. Ella ocupaba el trono, dictaba leyes en las Cámaras y adjudicaba los cargos públicos, desde los ministerios hasta los estancos.

Carlos Marx en La lucha de clases en Francia de 1848 a 1850, texto publicado en su totalidad en Nueva Gaceta Renana, entre enero y noviembre de 1850 (la cita corresponde al segundo párrafo del primer capítulo, después de la introducción de Engels).

Introducción. Parafraseo a Marx, con la espantosa sensación de estar calcando lo escrito por él hace 164 años y con la consciencia de estar señalando una obviedad: A estas alturas del siglo XXI, la que aún domina bajo los gobiernos de las potencias mundiales no es la burguesía sino una fracción de ella: los banqueros, los reyes de la Bolsa, las grandes corporaciones (entre ellas, The Coca-Cola Company, por supuesto), los gigantes de la telecomunicación y una parte de la propiedad territorial aliada a todos ellos. Es decir, quien domina –ya no sólo por debajo sino también por encima de los gobiernos- es la “aristocracia financiera”. Ella ocupa el trono, dicta leyes en las cámaras y adjudica cargos públicos.

La obviedad del hecho no disminuye la gravedad del hecho. Digo esto, para señalar mi postura ideológica. Pero vayamos al tema de las latas personalizadas de Coca-Cola.

Antecedentes. LuzE coloca en su muro de Facebook la nota periodística sobre el escándalo de carne expirada que fue suministrada por Shangai Husi Food a establecimientos sucursales de McDonald’s, Starbucks y KFC en China. Silvia comenta: “Pero ahora puedes tener tu coca con tu nombre… No avanzamos”. LuzE refuerza el sarcasmo de Silvia: “Es muy importante tener una lata de Coca-Cola con nuestro nombre, una de mis máximas prioridades (…) ¿Qué pensará hacer la gente con esa lata? ¿La guardará para toda la vida? Besos”. Silvia añade: “Es increíble que la gente no deduzca que es una estrategia más para venderles diez cucharaditas de azúcar en una latita más toda la bola de “franken” ingredientes. Seguro le ponen un nichito a su coquita. ¿Ya encargaste la tuya? No se nos vaya a pasar la promoción”.

Respuestas a botepronto. (1) Sin quitar responsabilidad a las sucursales chinas de McDonald’s, Starbucks y KFC, el delito fue cometido por Shanghai Husi Food Co Ltd (compañía estadounidense). Insisto: los protocolos de seguridad y calidad de las sucursales mencionadas deben ser criticados y denunciados, y –si procede-  castigar penalmente a las compañías; pero reconozcamos que dichas firmas no sólo son culpables sino también damnificadas, víctimas de un proveedor sin escrúpulos (si una investigación demuestra que esa falta de escrúpulos fue de conocimiento de las sucursales, habrá que proceder y llevar el caso ante el juez). Pero no puedo condenar a mi adversario ideológico de algo que no me consta. 

(2) El sarcasmo de Silvia sobre la estrategia de venta de Coca-Cola me parece traído de los pelos al tema. Me recuerda una historia que ahora mismo invento (me gusta inventar recuerdos): 

Un niño rompe el jarrón chino de la sala. La mamá escucha el ruido, le suelta un manotazo en la nuca al muchacho, pero aprovecha para golpear al hermano, que no hizo nada y que con lágrimas pregunta que por qué le tocó también a él. La madre, que siempre tiene una respuesta, le suelta otro golpe y vocifera: ¡No creas que tú me tienes muy contenta, escuincle baboso! 

(3) Pero ya metió Silvia a la Coca-Cola y habrá que referirse a este chamaco del demonio. 

(4) He estado buscando mi nombre entre las latas de Coca-Cola. Si lo encuentro, ¡me canso que la compro, LuzE, y me llevo el “six-pack”! Compré la lata con el segundo nombre de mi sobrina Patricia (Adriana), y sin dudar lo compré. Tener una lata de Coca-Cola con mi nombre me llena de emoción, la quiero, tanto como quiero conseguir el Yo-Yo oficial de Orange Crush, el Saltador marca Gorila en color rojo o en color azul, otro reloj de Mickey Mouse (el mío lo perdí en circunstancias indecibles), un caballito Plastimarx color gris,  el Pato Donald en su moto con sidecar… ¡y el álbum Their satanic majesties request con portada en tercera dimensión! Todo eso quiero aún, queridos Santos Reyes. ¡Ah, y también una hielera de la Corona, como la de LuzE y Jovic! 

(5) Yo te digo, LuzE, qué voy a hacer con las latas que dicen los nombres de mis seres amados: guardarlas toda la vida (buscaré un nichito, Silvia) para enseñársela un día a tus nietos, que se van a emocionar tanto como los hijos de Pane nos emocionamos con la colección que tía Pitié tenía de reproducciones de refrescos en miniatura (botellitas que, por supuesto, fabricaban las mismas refresqueras). O tal vez me aburra de las latas y las tire a la primera oportunidad. Y ya pondré en el nichito alguna otra babosada. 

(6) ¿Qué hay en esta estrategia de venta de la Coca-Cola? Nada nuevo, algo muy viejo en los legítimos intentos de un comerciante por aumentar sus ventas. Lo han hecho las tintorerías de barrio desde hace mil años, al entregar a sus clientes el calendario de Año Nuevo: estrategias de CRM (Customer Relationship Management) y fortalecimiento de la experiencia de marca. Imagino que en la casa de muchos mexicanos habrá, durante un tiempo, latas vacías de Coca-Cola con los nombres de los abuelos, los hijos, los nietos, la tía y el novio de la más grandecita, que ya se va aliviar (y suponemos que la bebé se va a llamar Roxanna, porque acaba de comprar la lata con su nombre). 

Por ahí de 1965, la Fábrica de Chocolates La Azteca tuvo la buena ocurrencia de regalar en las barras de Carlos V estampas coleccionables de El Quijote de la Mancha. El álbum se vendía en las misceláneas. Algunos de los niños Aguilar Tagle andábamos siempre con una aureola de chocolate en la boca (porque el placer del Carlos V no es morderlo sino derretirlo a chupadas), hasta que mi madre puso un hasta aquí: ¡Se acabaron los Carlos V! Tino, le sacas las estampitas y me das los Carlos V; yo se los colocaré en su lonchera poquito a poquito. 

No me acuerdo si llenamos el álbum, pero después de eso vino alguna otra campaña:en las gelatinas en polvo Jell-O salían fichas de plástico con la fotografía de los futbolistas de Primera División. Logramos reunir a todo el Guadalajara, al Necaxa, al Universidad… Los alineábamos en el suelo, hacíamos una pequeñísima pelota de papel y desarrollábamos partidos muy reñidos, donde el Cabo Valdivia y el Gansito Padilla eran los goleadores de la temporada. En otra ocasión, la Avena Quaker (con la que mi mamá nos hacía plátano apachurrado) salía el Mapa del Tesoro. La cocina de mamá tenía muchas alegrías: mamá, papá, los hermanos, los olores del guisado y los productos con regalo. ¿En qué salía Horripitlán en Tercera Dimensión? No me acuerdo, pero hasta canción hicimos con los monstruos. 

(7) No entiendo el término “fraken” que usa Silvia.

Finale, ma non presto. Aunque, por supuesto, coincido con ustedes en lo general, me siento obligado a deslindarme de ciertos elementos de sus invectivas (algunas de ellas justas, otras solamente comprensibles). Pero antes de hablar, advierto que esta vez mi entusiasmo por participar en la conversación se basa en mi gusto por el diálogo crítico. Somos, de una u otra manera, compañeros de lucha, nos reconocemos en determinados impulsos progresistas y participamos, ora sin saberlo, ora sin sentirlo, en movimientos seminales de los que, más temprano que tarde, brotan hechos contundentes con los que la Pesada Máquina de Hacer Revoluciones Imperceptibles vuelve a moverse, camina unos metros más. Porque el cambio lento es más efectivo que el cambio brusco. Este último es incluso, a veces, contraproducente: aunque en casos de desgracia humana, el cambio brusco se vuelve necesario e imprescindible. Lo cierto es que su fracaso puede ser tan malo como su causa. En fin, que prefiero los cambios morosos, sigilosos, silenciosos, aquellos que se coronan en el derecho (como Juárez y como Víctor Hugo, creo en el derecho como herramienta revolucionaria).

Sea como sea, nuestras coincidencias no deben ocultar nuestras divergencias, pues es con la discusión en torno a ellas como podemos crecer de muchas maneras, a favor de nuestra misión autoimpuesta: trabajar en diferentes frentes para legar a nuestros hijos un mundo mejor.

No soy, evidentemente, abogado, vocero o accionista de las empresas mencionadas. Yo, como ustedes, también  deseo un mundo mejor, más saludable, más igualitario y más justo, y estoy cierto de que ciertas empresas son un obstáculo para caminar hacia ese mundo (y también estorban muchos sistemas políticos, varios gobiernos, más de un sector social y un sinnúmero de manifestaciones culturales –esto ya lo advirtieron en su momento Michael Focault y Roland Barthes: no existe el poder, existen los poderes). Sin embargo, no estoy muy seguro de que en la guerra contra las grandes corporaciones debamos lanzar piedras y contentarnos con romper vidrios.  Puede ser un desahogo, es cierto, un acción catártica; pero nada más, nada que le quite el sueño al enemigo. Nuestras piedras no alcanzan a caer en los jardines frontales de las residencias corporativas: los príncipes y sus cortes se asoman a los ventanales de los palacetes y mueven la cabeza en señal de desaprobación paternal: “Esta gente, siempre tan resentida, tan incapaz de entender que nuestra existencia es el garante de su libertad; dejémoslos, ya se cansarán de gritar y de lanzar piedras; nosotros sigamos con nuestra Misión, nuestra Visión y nuestros Valores”.


Por rigor intelectual (e incluso ideológico), necesitamos distinguir dos dimensiones: 

a) Por un lado está la justa denuncia, reiterativa, consistente y testimonial contra empresas que consideramos dañinas para el conjunto de la sociedad y para los individuos en particular. Aquí,  en este lado, estamos de acuerdo, creo.

b) Por otro lado, sin embargo, tenemos la posibilidad de reconocer ciertos elementos culturales valiosos de las mismas corporaciones, sin que este reconocimiento sea excluyente, es decir, sin que contradiga o deforme nuestra postura ideológica. 

Desvío la luz de las empresas y traigo a colación ejemplos sencillos, para ilustrar mis palabras. Yo puedo condenar a Adolfo Hitler por sus atrocidades, pero no necesito incluir en mi condena a Richard Wagner por el hecho de que su música fue “apreciada” por el sangriento führer. Tampoco puedo, honestamente, gozar más a Mozart o a Mendelssohn por el hecho de que Hitler haya menospreciado la obra del primero y prohibido la del segundo. Yo puedo llevar mi anticlericalismo hasta el profundo deseo de invadir el Vaticano y convertirlo en una ciudad universitaria de carácter absolutamente laico; pero mi anticlericalismo se detendrá en seco frente a la grandeza de la música sacra y ante los frescos de la Capilla Sixtina; y por ningún motivo se me ocurrirá negar el valor poético de muchos libros de la Biblia.

Con esta demarcación, me atrevo a afirmar que el diseño caligráfico del nombre de Coca-Cola, hecho en 1887, es uno de los grandes aciertos en la historia de la estética mercadológica; que el refresco “sabe rico” en ciertos contextos gastronómicos; y que su más reciente estrategia de venta (imprimir en sus latas nombres de uso común entre las personas de una comunidad específica) es un muy afortunada acción comunicativa en el esfuerzo legítimo de cualquier empresa para acercarse a sus  consumidores, sobre todo en tiempos en que la tendencia es vender una experiencia y no sólo un producto. No creo, como parece suponer Silvia, que “la gente” sea tonta y que no entienda que la estrategia de la Coca-Cola tiene como propósito vender más latas. Suponer que "la gente" está siendo engañada, es fruto de un pensamiento paternalista. 

No defiendo a la Coca-Cola como empresa. Aplaudo la buena idea.

Digo con humildad que puedo estar equivocado. Si alguien así lo piensa, agradeceré que me ayude a corregir los errores de mi discurso.

Respuesta de Luz Elena Videgaray


Qué indolencia
24 de julio de 2014 a la(s) 6:31
Respuesta a "Las latas personalizadas de Coca-Cola" publicado en Navaja Becerro el 23 de julio de 2014

Es cierto, reconozco que nuestra crítica fue torpe y poco precisa. Agradezco el rigor y ofrezco una disculpa por mis acusaciones desordenadas. Sin embargo, aunque yo no me refería a Coca-Cola, respondí el comentario de Silvia porque mi aversión por cualquier empresa se basa en un solo criterio: la falta de ética. A la nota le puse de título “Mis empresas favoritas”, ¡y ahí claro que entra Coca-Cola!. Respondo poco a poco.

Punto 1. No estoy de acuerdo en que el delito haya sido cometido únicamente por Shanghai Husi Food Co Ltd. Starbucks, McDonald's, Burger King y KFC son responsables de sus productos. Los consumidores no compraron nada a Shanghai Husi Food Co Ltd, sino a las otras cuatro. Cada empresa es responsable de verificar que sus materias primas sean de buena calidad. Y si no lo hacen, cometen un delito. Y entonces estas cuatro empresas muestran su falta de ética: no buscan proveedores de calidad sino materia prima barata que les permita obtener mayores ganancias, sin importar si su proveedor la levantó del suelo, como señala el artículo de La Jornada. No, perdona pero quiero hacer énfasis en esto: ante los consumidores, los únicos responsables son Starbucks, KFC, McDonald's y Burger King. 

Puntos 2 a 6. Claro, las promociones son una vieja estrategia de ventas. Mi problema es éste: es del conocimiento general que Coca-Cola no tiene escrúpulos. Mis allegados, al menos, lo saben, lo dan por hecho. Sin embargo, aceptamos gustosos los productos de una de las peores empresas en todo el mundo porque la caligrafía es muy bonita y nuestro nombre se ve lindo con ella. Tino, cuando soslayamos las faltas de una empresa por sus bonitas promociones, les permitimos todo. Son los consumidores los que posibilitan la existencia de los gigantes corporativos. Yo no afirmo que la gente sea engañada (y si lo hice, me retracto y vuelvo a ofrecer disculpas), afirmo que la gente olvida y perdona muy fácilmente. Acepto que no soy objetiva, condeno las ganas de conservar objetos que representan a una empresa irresponsable.

Como te he contado, he traducido varios documentos de Coca-Cola y tengo la desgracia de conocer algunos de sus tejes y manejes. Coca-Cola estaba en contra del impuesto a las bebidas azucaradas y tomó muchas medidas para impedir su aprobación, con el argumento de que la gente pobre la consume y ya no podría adquirirla (lo cual es un hecho, pero es ridículo que una botella de Coca-Cola sea más barata que una de agua; y luego decimos que en México la obesidad se debe a que la comida típica es muy grasosa). La empresa también expresó que la obesidad se debe a muchas causas, que todos los alimentos tienen calorías, no sólo sus bebidas, y entonces ellos no tenían por qué pagar impuestos.

Las medidas de responsabilidad social de Coca-Cola son de dar risa: como son muy conscientes, no ponen anuncios en los salones de clases. ¡Pues gracias, Coca-Cola, qué responsables! Como entienden que la publicidad afecta al público, no dirigen sus estrategias de mercadotecnia a los niños. “Oiga, ¿pero y los yoyos, los ositos de Navidad y todos los objetos infantiles?”. “Ah, no, pero no son infantiles, son para todas las edades”, responde la empresa de la hermosa caligrafía (esto lo sé porque traduzco los documentos en que preparan a sus representantes para las ruedas de prensa, así que anticipan todas las preguntas que podrían hacer los periodistas).

Coca-Cola aprovechó los temblores que destrozaron Haití para sacar una bebida de mango, Odwalla Mango Tango. Diez centavos de cada botella estaban destinados a ayudar a la reconstrucción de Haití. ¿Sabes cuánto cuesta una bebida de 340 ml? Cuesta 31 pesos. Es decir, tú compras una bebida carísima (31 pesos por 340 ml), y donas a Haití 1.30 pesos. Adivina quién deduce los impuestos. No sólo se acaba ahí la cosa: Coca-Cola puso un tope de 500 mil dólares por año para la donación, porque con eso tienen para deducir los impuestos que necesitan, no vayan a hacer ricos a los haitianos. Y para que esta vez no me falte rigor, te muestro que esta información la tomo de la página oficial de Coca-Cola (http://www.coca-colacompany.com/stories/hope-in-haiti-why-job-creation-and-economic-development-will-drive-nations-recovery), y cito: “Ten cents of every bottle purchased, up to $500,000 per year for the duration of the project, goes to Haiti Hope, and the project team is researching processing options to eventually use Haitian-grown mangoes in the product”. ¿Y sabes qué hicieron? Gastaron un dineral en la campaña publicitaria para que la gente comprara este producto, porque debemos ser buenas personas y ayudar a Haití. Y no se acaba ahí. ¿Tú crees que les compraron mango a los haitianos? No. Vuelvo a la cita: “[…] the project team is researching processing options to eventually use Haitian-grown mangoes in the product”. Se asociaron Sogesol, con una institución financiera, que diseña instrumentos de crédito a la medida de los agricultores (“This includes giving farmers access to credit so they can get the cash they need before and during harvest. Sogesol, a local financial institution, offers products tailored to the needs of farmers who meet specified lending requirements.”). Si al usar estos créditos (me gustaría investigar qué tan caros son), los agricultores lograban desarrollar los mangos para cumplir con los estándares de Coca-Cola, entonces considerarían comprarles a ellos. Por si fuera poco, parece que la bebida ni mango tenía (esto sí no lo aseguro, pero va una página: http://www.weightymatters.ca/2010/10/badvertising-odwalla-and-case-of.html). Se vende como un licuado puro de mango, y al ver la información nutrimental de algunas de las formulaciones (al parecer ha habido varias), no había ni vitamina C ni fibra.

Acepto que sus promociones son muy inteligentes, yo misma adoraba y coleccionaba todo lo que encontraba de ellos cuando era niña. Ahora no puedo pasar por alto todo esto. Intento que mi consumo sea responsable para no volverme cómplice de estos cerdos, Tino. Y digo que lo intento porque no lo logro: para no comprar Coca-Cola, compré una máquina para hacer agua gasificada que tiene fábricas en territorios palestinos ocupados. No sabía, no investigué lo suficiente. Vi tres partidos del mundial, a sabiendas de lo que promueve (y es el último que veo). No quiero enseñar a mis hijos a ir a McDonald’s a comprar los lindos muñequitos, no importa que sus prácticas carezcan de ética.

Mi conclusión: ante la indolencia de la gente, efectivamente a veces lanzo piedras y me contento con romper vidrios. La vehemencia y el rigor no se llevan bien. En un intento desesperado por despertar conciencias, olvido ordenar mis ideas y mi discurso. Últimamente me doy cuenta de que necesito ir a terapia para curar el coraje que me causa la indiferencia. “Qué quiere que le diga, me deprimo”. 

Epílogo

¡LuzE, oh, mi LuzE! Pasé una noche inquieta, pues no sabía cuál habría de ser tu respuesta, no sabía cómo habría de ser tu respuesta. La respuesta buena brillante y elegante, a la altura de mis expectativas. Pero no fue una inquietud dolorosa sino incluso placentera, como si esperara el siguiente movimiento en el tablero de ajedrez. Ahora que leo tu movimiento, me felicito por haber levantado la mano, como buen estudiante, y haber preguntado: "Sí, maestra, pero...", porque la respuesta de la maestra Videgaray me ha dejado más que satisfecho. (1) Con base en tu argumento (la relación directa entre las sucursales y sus consumidores), acepto que hay elementos para responsabilizarlas de lo sucedido. (2) No fuiste tú quien “baboseó” a la gente, sino Silvia, cuando dice que no entiende cómo la gente no se da cuenta de las cosas (me parece que "la gente" no es un concepto válido más que en las conversaciones insubstanciales: creo que "la gente" es una criatura creada por la neurosis individual, y no nos sirve como personaje de crítica teórica). Pero, insisto, no fuiste tú, fue Silvia. (3) Todos los datos que das de la Coca-Cola son incuestionables e insoslayables. Te agradezco esta información y tus argumentos, porque ahora sé que eres tú quien tiene la razón. Debo ser coherente y no dejarme encandilar por el espectáculo de los merolicos ni por sus regalos. Aprenderé, como Ulises, a atarme al mástil de mi embarcación, para que las sirenas no me vuelvan a seducir con su canto en el Oxxo más cercano. P.D. Con tu permiso, incluiré tu respuesta en mi bitácora (Navaja Becerrero), para que el lector futuro tenga elementos de juicio.

domingo, 29 de junio de 2014

El difícil arte de hacerse entender

La noche del sábado, mientras discutíamos en persona, tuvo Octavio el tiempo de escribir en su muro la palabra que motivó nuestra controversia: ¡Puto! 

¡Ventajas de nuestro siglo! Podemos fortalecer nuestras ideas con acciones inmediatas. 

Esa misma noche, al llegar a Marsella, leí el muro de Octavio y entendí que el enunciado es, en ese lugar y en estos momentos, todo un discurso. No es el resumen de un discurso, sino un discurso completo donde el autor expresa su posición.

Observo el éxito de las palabras de Octavio (condensadas en una sola). Queda muy claro que su discurso (¡Puto!). Aunque lacónico, es un alegato mucho más efectivo que mi larga y tediosa disquisición sobre el asunto, farragosa homilía que no ha conseguido notoriedad ("Ni la conseguirá", como dijo don Teofilito).

Al momento de escribir este párrafo, el discurso de Octavio tiene 14 “Me gusta” (en ellos estoy incluido). La cifra corresponde al 12.28% de sus contactos en Facebook. 

Mi discurso, en cambio, apenas ha logrado que el 0.85% de mis contactos apachurre el botón de "Me gusta".

Y aunque no sé con certeza si las personas que pusimos “Me gusta” al discurso de Octavio estamos de acuerdo o en contra de él, supongo que trece de ellas lo aprueban, mientras que una (yo) aplaude la libertad de expresión.  Además, estoy absolutamente cierto de que las catorce personas que pusimos “Me gusta” a dicho discurso lo leímos completo.

Por otro lado, tampoco sé si las cuatro personas que pusieron “Me gusta” en mi discurso están de acuerdo con él. Tampoco sabemos si lo leyeron. ¿Cómo debo entender esto? Como una evidencia de que, a diferencia de Octavio, no estoy logrando comunicarme con la gente, no estoy logrando obtener lo que pretendo. Esto –y lo digo con sinceridad y con humildad, sin ironía y menos con sarcasmo-, es una de las lecciones que me da nuestra sabrosa disputa sobre el sentido de las palabras: ante los ojos de la mayoría, mis palabras no tienen sentido.

¡Mis palabras no tienen sentido! Algo estoy haciendo mal al tratar de comunicarme. 

Durante la noche del sábado, Octavio fue elocuente y acertado. Yo, en cambio, fui torpe y fui incapaz de explicar mi posición (nunca he tenido agilidad mental, y por eso me refugio en la escritura).


Pero si de veras pretendo comunicarme, algo tengo que hacer.  No hacerlo será admitir que lo que busco es DESCONECTARME.

Ante esta penosa disyuntiva (conexión o escisión), aparece una puerta de salida: la búsqueda de otro medio que no sea el de las redes sociales ni tampoco la conversación directa. ¿Cuál es ese medio? No sé. Meditaré sobre ello.