Introitus

La idea. Elaborar un cartulario definitivo, un archivo general que contenga todo sobre Agustín Aguilar Tagle, así como aquello que se dio, se da y se dará en torno a su persona. En la medida de lo posible, se evitará el uso de imágenes decorativas (se usarán sólo aquellas que tengan cierto valor documental). Asimismo, se prescindirá de retorcidos estilos literarios a favor de la claridad y la objetividad (la excepción: que el documento original sea en sí mismo un texto con pretensiones artísticas). El propósito. Facilitar la investigación biográfica, bibliogáfica, audiográfica y fotográfica posterior a la muerte de Agustín Aguilar Tagle, de manera tal que sus herederos espirituales puedan dedicar los días a su propio presente y no a la reconstrucción titánica de virtudes, hazañas, amores, aforismos, anécdotas y pecados de un ser humano laberíntico, complejo y contradictorio. El compromiso. Cuando busco la verdad, pregunto por la belleza (AAT).













domingo, 16 de enero de 2011

Cristianos por el derecho a pensar

Mateo I, 1-17

La genealogía que Mateo presenta de Jesús es simplemente ociosa. No hay en la sangre del futuro crucificado nada que lo una a Abraham, desde el momento en que José no es su padre natural (aunque monseñor doctor Juan Straubinger se salga por la tangente y hable de que esto da a José la calidad de padre legal). El mismo evangelista señala que la concepción de María fue obra del Espíritu Santo. Entonces, ¿a qué viene comenzar un texto dictado por el mismo Espíritu Santo (o, al menos, inspirado por Él) con el árbol genealógico de un personaje tan secundario como lo fue José?

Si no se permitió a José gozar del cuerpo de María (Sweet Little Sixteen!), ¿por qué lo obligan a dar apellido al muchacho?

Esto se parece a lo que platicaba Ma, mi adorada tía abuela. Ella afirmaba haber bailado, en 1910, en el Castillo de Chapultepec, en alguna de las veladas organizadas con motivo del Centenario de la Independencia (Ma tenía entonces quince años), y la anécdota, muchas veces repetida y tomada por cierta, permitió a la familia asegurar que éramos nietos de don Porfirio (conste que mi tía abuela, como la Virgen María, también se conservó señorita hasta el final de sus días, y hasta donde sabemos el Espíritu Santo nunca se le acercó con segundas intenciones).

No es de sorprender el uso tramposo del árbol de José por parte de Mateo, quien, antes de unirse a Jesús, fue recaudador de impuestos. No sirve tampoco que, en el versículo 32 de su primer capítulo, haga decir a Gabriel que Jesús es hijo de David, porque el ángel anunciador no da pruebas de ello.

Mateo II, 1-2

Desde mi primera infancia, el catecismo y algunas otras lecturas me hicieron entender que el cristianismo no admite la magia ni las prácticas de hechicería, y menos aun la astrología como instrumento de conocimiento. Entonces, ¿qué hacen tres magos del Oriente avalando con su pseudo, proto o para-ciencia el nacimiento de Jesús?

Bueno, lo admito, acaso su oficio es el de sabios, doctores en ciencias antiguas, astrónomos (¿pero los astrónomos relacionan la posición de las esferas celestes y de los astros con puntos de nacimiento?). De cualquier manera, tales reyes no buscan a Dios, pues ellos ya tienen a los suyos, sino –claramente lo dice el evangelista- al nuevo rey de los judíos.

Si leemos con detenimiento el libro del Éxodo, concluiremos que el pueblo judío siempre ha tenido un proyecto muy bien trabajado de nación. De hecho y más allá de las circunstancias económicas que oscurecen y contaminan la voluntad de los hombres, creo que es en ese proyecto donde reside la dificultad de Israel para entender las demandas de casi millón y medio de palestinos que viven en la Franja de Gaza -recordemos que la mayoría de ellos son hijos de los árabes que tuvieron que huir de Israel en 1948). Por eso, me queda claro que el oportuno aviso que recibieron los tales magos no fue el de una estrella sino el de sus contactos con redes disidentes y rebeldes que buscaban liberar a Israel del yugo romano. Herodes, temeroso de un levantamiento, tuvo más agudo el oído que el de los siglos posteriores: esos hombres del Oriente iban en busca de la nobleza judía.

sábado, 15 de enero de 2011

Vieja Estación

De perros y estaciones

Hace treinta años, como siempre, la vida era otra. Para comenzar, los perros y las moscas de entonces ya murieron. Hoy nos ladran y lamen otras criaturas. Sus nombres, a propósito, son muy distintos a los del pasado, aunque, como siempre, siguen describiendo el laberinto mental de sus dueños.

Ya ningún pastor alemán se llama Jack o Sultán, y ningún faldero responde al nombre de Firuláis. Los french poodle tacita de té no pueden llamarse Fifí, porque las solteronas de nuestros días no leen a Maupassant. ¿Fido? Imposible. ¿Quién domina las etimologías? Ya no hay Solovinos ni mascotas de nombres verdianos (Aída, Falstaff, Rigoletto). Los gatos, ay, ya no saben quién fue Nerón.

Ahora, la nomenclatura canina tiene otras fuentes.

Ummagumma (q.p.d.) fue la perra psicótica color miel que Cecilia García-Robles metió en la vida de Octavio Herrero, a fuerza de amor; una cocker spaniel que vivió afirmando su embarazo imaginario y cuyo nombre -homenaje, por supuesto, al delicioso disco de Pink Floyd de 1969- es, entre los estudiantes de la Universidad de Oxford, otra forma de decir rock and roll en su connotación sexual (Ummagumma or die, que bien podría sustituir al Dominus Illuminatio Mea de la centenaria institución).

Julieta Capuleto, que duerme en la cama de Gerardo y Marugenia, es una perrita labrador. Su aspecto resume un pasado tormentoso: madre violada por un salchicha, abuela atacada por Marty Feldman en 1982, poco antes de que el actor sufriera un infarto en un hotel de la Ciudad de México.

Camila, Petunia y Juanita son Las Poquianchis de la Roma, una tríada perruna que rapta argentinos, los hospeda en un departamento y, con sigilo, los manda a trabajar para poder comer como diosas. Cuentan las viejas de la colonia que de noche, dos veces a la semana, se escuchan extraños aullidos.

Seguramente suceden ahí desleznables orgías -dicen asqueadas las chismosas-. Pobres muchachos.

¿Y qué decir de las moscas? Ya murieron todas las que vio Machado y a las que canto Serrat en 1969 (ese mismo año Roger Waters imagina la zoofilia de un picto, el barcelonés eleva loas a dípteros modernistas, Mick Jagger se siente pizza italiana en Monkey Man; buena marihuana la de entonces, no cabe duda). Ya murieron algunas moscas de la guarda que dijo Monterroso. Pero quedan las palabras, encantadoras y definitivas (Vosotras, las familiares, inevitables, golosas, vosotras, moscas vulgares, me evocáis todas la cosas…), y nacen otros versos y otras moscas, metáforas de algo: verdes frases que no decimos, zumbantes palabras que nos guardamos, gordas moscas del alma, moscas que danzan en la boca. Hay que escupirlas, como dice una canción (¿Hacia dónde voy?) de la que pronto hablaremos.

Pero, a veces, no hay moscas entre los dientes y en la lengua, sino flores y cantos, que salen de una vieja estación inesperada.

Por naturaleza, las estaciones no se mueven; a ellas se llega, con el polvo y las sonrisas de otros lugares. Pero Vieja Estación, banda de cuna argentina y pies en todos lados, se comporta al revés, a la manera de los trashumantes de la música, que no pueden estarse quietos sin que el horizonte los arranque del ferrocarril aledaño, seguro y previsible. Por eso está en México, y aquí estará… mientras el rocanrol tenga un espacio para respirar.

Vieja Estación, frase sin artículo que la preceda, acaso para no hacer pensar que se trata de cinco tipos de voz, piano, violín y bandoneón, tocando sin partitura, con los ojos heridos por el humo de los cigarrillos que cuelgan de sus bocas.

La Vieja Estación estaría formada por crápulas del tango.

Vieja Estación está formada por crápulas del blues y el rocanrol.

Además, la ausencia de artículo concede al nombre el don de la ubicuidad y evita confundirlo con un expendio de hamburguesas para miembros de algún sindicato.

Como en los sueños, no fuimos nosotros quienes llegamos a esa estación de trenes olvidada. Fue ella, mahometana, la que bajó a la ciudad y llegó hasta nosotros. Todavía pudimos alzar la vista y contemplar el descenso lento, lento, como de virgen voluminosa que se hace la aparecida. De su base de tierra, que a cada movimiento se desmoronaba un poco, colgaban flecos oscilantes y húmedos: raíces, tubérculos, lombrices, todo lo que hay debajo de un cuerpo vivo.

Una estación hermosa de plataformas desoladas, con la herrumbre de su aire, con su luz vespertina de domingo ocioso, con sus vías mohosas que sirven de mirador a las gusanos, con su grifo que moja un caracol a cuentagotas, con sus verdes escalones donde pastan lagartijas. Y en su interior, oh sorpresa, una gavilla de ostrogodos argentinos, juglares y trovadores nacidos en Buenos Aires, músicos que parecen imaginados por Alcofribas Nasier para el sano esparcimiento de Pantagruel a la hora de la digestión (antes, se los come… y adiós música).

Ellos la hicieron su casa durante la última década del siglo pasado, y usaron sus propias alas para elevarla por los aires y traerla hasta la Ciudad de México. ¿Quiénes? Los hermanos Espósito (Ignacio, Santiago y Ezequiel), con Mauro Bonamico y José Luis Sánchez, que aparecieron como dos expósitos para darle mayor fuerza a la banda.

Lo que quiero decir –y no sé cómo- es que pocas veces una banda de rocanrol me había revuelto los adentros con su música y con sus letras.

Música de las vísceras y frases que salen del pozo más profundo del alma. Compruebo una vez más que el amor, la fe y la belleza suceden sólo cuando nos miramos ante el espejo. Todos somos Narcisos que besamos nuestra propia imagen, que sólo creemos en nuestros propios ojos, que sólo bailamos ante nuestra propia sombra.

En Vieja Estación aparece el diablo, ese demonio doliente que carga con sus exilios, sus ausencias y sus rompimientos.

Con Vieja Estación, me miro al borde de un carretera abandonada y mascullo su verso apotegma: cambio los zapatos, pero no cambio el camino.

Un encuentro inesperado
Poco a poco, como benéfica neoplasia, pequeños alfileres de celeste cabeza han ido cubriendo el mapa de México. Y es que Vieja Estación se ha presentado en Aguascalientes, en la Ciudad de México, en Tabasco, en Guanajuato (San Miguel de Allende) y, apenas hace unos días y por segunda ocasión, en Querétaro.

El placer de acompañar a Vieja Estación en sus viajes al interior de la República, es siempre doble. Por un lado, el gozo de escuchar y de constatar que estamos ante verdaderos músicos, ante una verdadera orquesta. Con Vieja Estación, el blues y el rocanrol nunca suenan artificiales o inconsistentes, al contrario, bajan a este valle de lágrimas para consuelo de los afligidos y refugio de los cansados que padecemos la constante fealdad de la basura acústica en la calle y en la oficina, en el restaurante y en el Banco, en el taxi y en el camión, en el Metro y hasta en el teléfono (la fealdad, es decir, la degradación enfermiza de rostros y cuerpos- está ligada a la fealdad de la mierda que se consume a manera de música –porque el suadero no puede ser culpable único de tanta monstruosidad).

Por otra parte, la alegría de la amistad y el reencuentro con formas de ser y de vivir que uno había dejado en quién sabe dónde. Digo, porque, para comenzar, tuve la oportunidad de recorrer la carretera hacia Querétaro con la deliciosa compañía de Ignacio Espósito, así que este baterista extraordinario me recetó por disc man tres hermosas horas de The Allman Brothers, Bob Dylan, Tom Petty (and she went down swingin’…) y The Band. Dormimos a ratos, porque al principio y al final de cada canción nos mirábamos con el encanto de la complicidad estética y el dedo pulgar en señal de voluptuosa aprobación. Luego, apenas nos encontramos con el resto de la banda, a las puertas del Wicklow –lugar donde tocarían esa noche-, pudimos disfrutar de sendas hamburguesas con su correspondiente tarro de cerveza oscura, regalo todo de Néstor Sabi, amabilísimo y enorme dueño del lugar.

Pero luego sigo contando, porque tengo que terminar la chamba y prepararme a ir a Ruta 61, donde cerraré el día con un excelente bálsamo de Fierabrás: John Marcus y parte de Vieja Estación.
John Marcus y Vieja Estación
Ha llegado la semana de Markiss en Ruta 61, y muchos tendremos el gusto de escucharlo y beneficiarnos de su experiencia con Muddy Waters, Howlin’ Wolf, Budy Guy, Al Green y otros

Pero, cuidado, los árboles a los que nos arrimamos podrán cobijarnos bajo su sombra, pero no siempre se vuelven abrevaderos prácticos: no basta con decir que conocimos personalmente a Willie Dixon para que nuestra guitarra, nuestra voz y nuestra banda cobre, como por hechizo, la gracia de los grandes. Así es que no hablemos de más, hasta ver a Markiss con nuestros propios oídos y escucharlo con nuestros propios ojos.

De cualquier manera y sin embargo, en las presentaciones del joven John (Chicago, 1954), hay una segunda maravilla, una segunda gracia, un segundo regalo…

¡El grupo de apoyo será nada menos que Vieja Estación!

Quienes hemos sido testigos de la maestría y la fuerza de la banda bonaerense al acompañar a otros músicos (Max Cabello, Male Rouge, Octavio Herrero, El Charro, Memo Briseño, Jaime Holcombe, Betsy Pecanins…), sabemos que esto se va a poner de veras muy bueno, y ya veremos pasearse a Lalo Serrano (amo y señor de Ruta 61) con sus ojos de niño contento y su sonrisa de proxeneta exitoso.

Porque Ignacio Espósito (batería), Mauro Bonamico (bajo) y José Luis Sánchez (piano eléctrico) tienen lo que pocos: talento en la ejecución, oído para la orquesta y amor por la música. Así como son capaces de hacer estallar Ruta 61 con su blues, su rocanrol y sus creaciones originales, igualmente logran concentrarse en quien los invita a funcionar como banda de apoyo y en hacer crecer la belleza de un espectáculo.

Con el dominio real de silencios, modulaciones, ritmos y matices, Vieja Estación hace lo que se le da su regalada gana, es decir… música.

Ojalá la cosa se ponga tan buena que, a la mera hora, Markiss invite a los miembros restantes de Vieja Estación. Porque la felicidad no será completa sin la guitarra de Santiago y la bellísima voz de Ezequiel. Y ya que andamos de pedinches, ¿se imaginan si, pasada la medianoche, también suben al escenario Octavio Herrero y otras Señoritas de Aviñón? ¿Y si también se monta el Pelusa? A Hernán Silic lo preferimos más en la armónica que en el serrucho (chiste local, no me hagan caso). Bueno, ya veremos. Markiss sabrá lo que en Ruta 61 entendemos por linda promiscuidad.

Ahí estaré el jueves, para tomar algunas fotos. ¡Y al otro día, por supuesto que también! Porque el viernes Markiss alterna con Las Señoritas de Aviñón. ¿Cómo perderse tanta música?


¡Qué noche, qué músicos, cuánto blues! John Marcus, Mauro Bonamico, José Luis Sánchez e Ignacio Espósito nos regalaron una velada divina. Entre las diez de la noche y las dos de la mañana, Ruta 61 fue el ombligo del universo, el lugar donde había que estar, la casa de Dios, es decir, del Diablo.

Entre el público, estuvieron otros músicos a quien se les cocían las habas por subirse al escenario: Hernán Silic, Santiago Espósito, Male Rouge, Javier García, Ezequiel Espósito, Jaime Holcombe...
Como siempre, fui tratado de maravilla por ese excelente equipo con el que cuenta Lalo Serrano. Pablo y sus muchachos (Claudia, Pepe, Eric, Adrián y Ernesto) son los que, con sus cuidados y su fineza, nos permiten relajarnos y sentirnos a gusto y concentrar nuestra atención en la música y en los amigos.

Al pensar que hoy se repite el milagro y que muy probablemente el Cielo crezca (también tocan Las Señoritas de Aviñón), siento que los minutos pasan demasiado lentos.

Donde dos o más se reúnan en mi nombre, dijo la Música, ahí estaré. Y eso pasó esta noche, con Jaime Holcombe, Javier García, Octavio Herrero, Jorge Escalante, John Marcus, José Luis Sánchez, Mauro Bonamico, Ezequiel, Santiago e Ignacio Espósito. ¿Subió Pelusa a tocar la armónica? Pues si no lo hizo, lo soñé.

Sucedió la música.

Escribo en la oficina de Lalo Serrano, acompañado de Rafa Martínez, socio de Producciones JG (Juanita y Gioconda). Estamos encantados y en estado inconveniente, después de haber sido bañados de música.

Entre el público, anda el Charro y su mujer, los miembros de The Lyria, gente del New Orleans, María Martínez Marentes (chulada de niña), en fin, la crema y la nata de nuestra refinadísima sociedad.

A la mañana siguiente

Leo en La Jornada el reportaje de Tania Molina, que recoge lo dicho por Markiss acerca de Vieja Estación: No sólo son buenos músicos, son además buenos seres humanos. A propósito de nada, recomiendo echarle un ojo a la portada de La Jornada de Enmedio: Una mujer se roba el Sol, podría llamarse la fotografía de César Saldívar.

Noviembre de 2005

Estuvimos en casa de Rafael Martínez, eligiendo las fotografías que habrán de aparecer en la contraportada de Blanco y Negro, disco de Vieja Estación que pronto aparecerá para su venta en Ruta 61 y en todos los lugares donde la banda se presente. No es el tantas veces anunciado CD con la nueva colección de canciones del grupo argentino, producido por Octavio Herrero. No, ese disco (Cada perro tiene su día) llegará a nuestras manos apenas esté debidamente organizada la fiesta de presentación. Mientras, los bonaerenses nos calman las ansias con Blanco y Negro. Ya habrá momento de hablar de él.

La cosa es que la sesión para elegir fotografías fue larga, aunque no tediosa, porque el Polaco (Ezequiel Espósito), tipo pragmático y sensato, supo conducirnos por la vereda de la eficiencia, a pesar de nuestras distracciones (Santiago Espósito, Mauro Bonamico y José Luis Sánchez andábamos con ganas de mayor relajamiento).

A cierta hora, el hambre arreciaba, así que Tomy (Santiago Espósito) se volvió el Jesucristo de la noche y realizó el milagro de la multiplicación de los panes: con un paquete de Pan Bimbo y muy poco queso manchego, distribuyó sánguiches por doquier. ¿Cómo le hizo para que rindiera tanto? ¡No sé, no sé! Les digo, Tomy tiene manos de santo, y logró apagar el fuego provocado por el Bacardi blanco, matarratas que yo había logrado evitar durante los últimos veinte años (pero la sed es la sed).

No vuelvo a hacerlo (tomar Bacardi): pagué mi pecado al día siguiente.

Afortunadamente, el taxi al que me subí en la maña era conducido por un terrorista de la nostalgia. Apenas me vio, calculó mi edad y pareció pensar: ¡Tengo el remedio para este venerable crudo! Colocó un CD en su aparato de sonido, y en seguida surgieron de ahí las primeras notas de In-A-Gadda-Da-Vida. Digo que afortunadamente porque siempre es mejor escuchar a Iron Butterfly que a los comentaristas políticos de la radio mexicana o a Miranda. ¡Ya escuché a este grupo, Polaco, y tenías razón, es una vergüenza para nuestra Argentina del alma! Paradojas de la vida: el título de su éxito es Sin restricciones. Ahí tienes, Ezequiel, tela de dónde cortar para un chiste en el escenario, cuando Vieja Estación toque Sin tratos.

Pude prescindir del solo de batería del legendario Ron Bushy. ¿Será cierto que vomitaba después de su tour-de-force? ¿Pero por qué? ¡En ese caso, pues que también vomite Ringo Starr al final de Carry that weight!

Digo que me lo salté porque pedí al chofer que se detuviera en el Banamex de Horacio, para sacar cien pesos y sobrevivir un poco.

Regresé a mi vocho sesentero cuando Larry Rust, el tecladista, se pone de veras psicodélico. Será la edad, será lo que sea, pero In-A-Gadda-Da-Vida me puso de buenas. Es curioso, la pieza comenzó en Benjamín Franklin, y acabó exactamente en Ejército Nacional. Ergo, de mi casa al trabajo hago 17:05 minutos. Tomé las placas del taxi (L40499), para saber a qué atenerme la próxima vez.

En Ruta 61, lo extraordinario se vuelve cada vez más común. Anoche, por ejemplo, Las Señoritas de Aviñón y Vieja Estación decidieron inventar nuevos avatares, nuevas encarnaciones. ¡Y casi todos estuvimos ahí para presenciar la milagrería! Marie, Male Rouge, Ingrid Ojos de Mar, miembros de The Lyria: Víctor y Nicolás, éste acompañado de la hermosa Mariana; Rafa Martínez, Lalo Serrano por supuesto (y su equipo de expertos en servicio al cliente, Pablo y sus muchachos), Gerardo Aguilar Tagle, leyenda viva del rocanrol, con Marugenia, su esposa (¡este 15 de diciembre cumplen 25 años de casados!).

¿Y dónde estuvo la extravagancia?

Más allá del acostumbrado intercambio de músicos en el escenario, hubo un momento que nos sorprendió a todos. No recuerdo exactamente cuándo pasó, en qué canción. ¿Habrá sido en Magdalena? Tal vez. La cosa es que, de pronto, Octavio Herrero tomó el bajo y entregó su guitarra a Mauro Bonamico; Javier García dejó la batería y entregó la conducción del ritmo a Ignacio Espósito.

Esta formación no es muy frecuente, ¡pero sonó deliciosa! Bueno, digamos que divertida.

¡Se pasa tan rápido la noche cuando tocan Vieja y Las Señoritas! Lo malo es que estoy viviendo una adolescencia muy ajetreada, y a las dos de la mañana ya no puedo de sueño, así que casi siempre me pierdo las últimas canciones de la noche. Tengo que hacer algo para resolver el problema. ¡Vitaminas, sí, muchas vitaminas, ahora que estoy creciendo!

En otro momento… o a la misma vez (no sé, el whisky modifica la percepción del tiempo), subieron José Luis Sánchez y Santiago Espósito para unirse a la interpretación de So what? Al terminar, el tecladista de Vieja Estación me dijo, con esa alegría que adopta cuando ve frustradas sus expectativas de perfección musical:

-¡Y qué Miles Davis llegue a perdonarnos algún día!

A la entrada de la página de Ruta 61, se lee: Uno es lo que uno escucha (afortunada afirmación de Octavio). Bueno, pues en mi caso... yo soy un adolescente feliz.

Gerardo y Marugenia, cuyos compromisos les impiden visitar con más frecuencia el bar, me contaron emocionados que todos en Ruta 61 los tratan tan amorosamente, con tanta ternura. Apenas los vio llegar, Lalo Serrano bajó hasta su mesa, para saludarlos personalmente. ¡Uf, con nuestro querido Saso… uno se siente de veras Al Pacino!

El Hombre Brócoli o El Misterioso Asesinato en el Hospital Rubén Leñero

Texto publicado el 12 de octubre de 2005
en El Blues de la Estufa Divina

La glándula estética se encuentra, como escudo protector, delante de la hipófisis; de hecho, es su gemela: ambas se sitúan sobre la base del cráneo. Sin embargo, la glándula estética no se comunica directamente con el hipotálamo, como sí lo hace la glándula pituitaria.

Tal vez esta incomunicación explique un hecho frecuente: al escuchar a Thelonious Monk, por ejemplo, un vegetal (digamos, el brócoli) es más sensible que un alto porcentaje de ciudadanos (esto ya lo insinuaba Frank Zappa en 1967, dentro de su pieza Call any vegetable).

En el mundo de las plantas fanerógamas, a propósito, algunas especies de gimnospermas están extinguiéndose por su intransigencia congénita: se niegan a reproducirse cuando las obligan a escuchar Amor en el aire, con Rocío Durcal, o el más reciente disco de The Cure.

Un hecho es que, al no tener relación con el hipotálamo a través de un infundíbulo, la glándula estética sigue funcionando incluso en estado de coma.

Recuerdo, a propósito, el caso de un joven poeta, Bacilio Macedonio Ruiz, autor de Jitanjáforas del Fornicio, quien, después de haberse entusiasmado con muchas expresiones musicales, había decidido sólo escuchar Densidad 21.5, de Edgar Varese. No aceptaba otra cosa, apenas si algunas baladas monódicas del ars nova florentino, siempre y cuando fuesen interpretadas por Esther Lamandier.

Bueno, pues un día, obligado a salir de su departamento en busca de un litro de leche y ciento cincuenta gramos de jamón de pavo, sufrió el más penoso e inopinado de los accidentes: encima de él, cayó la taza de un excusado Porcelanite (una mujer arrebatada de celos la había lanzado desde la ventana de un quinto piso –consideró ese acto como su mayor venganza).

No murió Bacilio, sin embargo. Fue llevado al Hospital Rubén Leñero, donde quedó internado en estado de coma…

El más bajo compromiso de conciencia -dijo el doctor Vallarta, médico de guardia en ese momento-, debido a un traumatismo encéfalo craneano.

Pasaron los días, pasaron las semanas, los meses. ¿Y Bacilio? Seguía profundamente dormido, yaciente en un cuarto de Cuidados Intensivos. Su rostro seráfico, en envidiable ataraxia, no delataba mayores ambiciones que las que su tejido celular proponía a través de la mitosis. Pero el doctor Vallarta –el más respetado médico del nosocomio- sospechaba que el enfermo no llegaba aún al estado vegetativo persistente. Con base en la Escala de Glasgow, afirmó que Bacilio percibía levemente los sonidos del exterior.

Al enterarse de ello, la amorosa madre del infortunado vate instaló junto a la cama de su hijo un tocadiscos, para deleitarlo con grabaciones de la naturaleza (el mar, el viento, un bosque nemoroso, la lluvia, el paso de un anciano sobre hojas otoñales, la respiración de un perro dormido, Marilyn Monroe al cantar Happy Birthday, mister President en 1962). Y si bien el cuerpo del durmiente presentó ligeras y breves señales de respuesta, confirmadas por un encefalograma, el más emotivo de los reflejos sucedió cuando la aguja del tocadiscos tocó el vinilo de L’oeuvre de Edgar Varese, vol. 2: 1925-1961.

Perturbada de alegría, la madre describió el fenómeno a la recepcionista del pabellón, una joven amable que llamó inmediatamente al doctor Vallarta.Éste, al enterarse del feliz suceso, dio las instrucciones pertinentes para un nuevo tratamiento.

-Parece que la glándula estética no fue dañada durante el accidente, por lo que ofreceremos a Basilio sesiones periódicas de música. Esto no necesariamente lo despertará, pero al menos hará su letargo más llevadero, más animado, si se me permite la expresión.

Así se hizo y así se cumplió: todos los días, al mediodía, un corpulento intendente transportaba a Bacilio el Plácido hasta un salón oblongo de paredes acolchadas y luz tenue. Ahí, mediante un sencillo sistema de sonido, el rapsoda contuso, era envuelto en fascinantes melodías interpretadas por las voces que su madre consideraba celestiales (y que lo eran): Anita Baker, Patsy Cline, Ella Fitzgerald, Roberta Flack, Ute Lemper, Big Mamma Thornton, Edith Piaf, Marianne Faithful, Esther Lamandier, Arianna Savall, Petula Clark, Azam Ali, Billie Holiday, Annie Lenox, Marilyn Monroe al cantar Happy Birthday, mister President en 1962. Mujeres todas, sí, pues, en el supuesto caso de que en la mente de su hijo se fraguaran sueños, más valía ayudarlo en la elaboración de sus aventuras oníricas.

Aunque, de nuevo, si la beatitud parecía constante, el único momento de verdadero placer se daba con Densidad 21.5. Lo malo es que nadie lograba relacionar la pieza de Varese con el cuerpo extasiado de Basilio: ojos entornados, boca abierta y babeante, brazos tensos y erección inocultable.

Tal catatonia –decía el doctor Vallarta- ha de ser secuela de la porcelana aerolítica que lo tumbó aquel fatídico día del accidente.

Caminaban, apacibles, los días de Bacilio el Sosegado: baños de esponja en las mañanas, baños de música al mediodía, baños de caricias maternas al atardecer; ¿no es acaso tal vida el triunfo del tao y el sueño de cualquier vegetal? Con decirte, paciente lector, que el estado del mozo varado es mi ideal de existencia. Y si Lao Tse no quiso decir esto, entonces su sendero no me sirve.

Llegó noviembre, las noches se enfriaron y Basilio seguía imperturbable. Fue entonces que los apodos se dieron a flor de pasillo. Los hubo groseros, injustos y hasta indecentes; Pero uno, por bonito y afectuoso, se distinguió de todos: El Hombre Brócoli.

Tal fue la aceptación pública del mote, que la madre misma de Bacilio no dudó en usarlo en sus conversaciones fuera del hospital, cuando reunía a los amigos y a la familia en la casita que habitaba, en San Pedro de los Pinos:

-Y cuéntanos, Margot, cómo sigue Bacilio.
-¿Quién, el Hombre Brócoli? ¡De maravilla, de maravilla! Es como un santo en reposo, aunque a veces, ya les conté, le da un como estupor catatónico que me asusta y, la verdad, hasta me avergüenza. Es mi hijo, yo sé, pero hay cosas que no quiero ver, así que me salgo del cuarto cuando eso pasa.
-Ay, Margot, bueno sería que descansaras un poco y que durante unos días te ayudara Natalia, tu sobrina.

Ahora es cuando entra Natalia, la prima idiota de Bacilio. Hermosísima, eso sí, pecosa, de piernas como pilares de mármol, labios de clavel y nalgas de sueño; pero una tarada sin recato ni reposo.

Natalia era estudiante de Diseño y trabajaba para una agencia de mercadotecnia directa, lo que la hacía sentirse con gran autoridad para dictar cátedra sobre la Verdad Absoluta, cosa que hacía sin arrogancia y con una encantadora ingenuidad. Era de esas personas que afirman sin vergüenza que no existen los ateos, que todos los seres humanos creen en algo, al menos en sí mismos; que todos los libros te dejan una enseñanza; que toda la música es bonita; que los ángeles sí existen… y que todo se paga en esta vida.

Natalia se entusiasmó con la tarea que le había sido asignada: cuidar de su primo Bacilio, tan indefenso el pobre. Ella estaba en deuda, y no era mujer que olvidara los favores. Una vez, cuando ambos eran apenas unos adolescentes, Natalia cayó en cama por culpa de una ligera gripa; y fue Bacilio quien la atendió con esmero y cariño, a tal punto que cuando se extravió el termómetro entre las sábanas, él la instruyó en las artes de medirse la temperatura con el dedo cordial.

-A ver, Natalia, primero te enseño y luego te hago un examen. Remojas un poco el dedo con saliva y ya luego lo metes aquí, y buscas al duende de la calentura.
-¿Y cómo se llama el duende?
-Su nombre técnico –explicó Bacilio- es Fenomenología del ser en cuanto ser en los prolegómenos de Emmanuel Kant y a la luz del pensamiento presocrático.
-¡Ay, no! Mejor lo vamos a llamar Sagrado Corazón de Jesús.
-En vos confío, respondió Bacilio.

La lección puso a arder a la prima, en vez de aliviarle sus calores; pero lo cierto es que Natalia quedó tan agradecida que ahora, pocos años después, con la oportunidad de cuidar al pariente inerte, supo que la vida le ofrecía el gusto de pagar los auxilios familiares. Así que cargó con su portadiscos, tomó un taxi y se apuró en llegar a la Colonia Santo Tomás.

Entró al hospital y dio con el cuarto de Bacilio.

En ese momento, el Hombre Brócoli no estaba en su habitación. En Recepción, Natalia consultó a la enfermera de guardia.

-El señor Bacilio se encuentra en terapia de música.
-¡Ay, qué bien!
–dijo la prima- ¿Puede usted indicarme dónde está el lugar?
-Por ese pasillo, señorita. Pregunte por Rafita.

Natalia entró a la pequeña sala de audición y encontró en la cabina a Rafael Martínez, un muchacho de sonrisa permanente encargado de poner los discos para Bacilio en ausencia de la madre.

-Rafita, soy prima del enfermo. ¿Me permite usted entrar?
-¿Para qué?
–preguntó Rafita, sin quitar la sonrisa de sus labios.
-Es que quiero medirle la temperatura. Mientras lo hago, ¿podría usted, Rafita, poner en el reproductor este disco que traigo para Bacilio? Estoy segura de que le va a encantar.

Natalia se acercó al Hombre Brócoli, lo besó dulcemente en los labios y le susurró al oído las palabras de amor que todo el día había estado repitiendo, para no olvidarlas. Terminó con una sorpresa:

-Ahora, Bacilio, vamos a buscar al Sagrado Corazón de Jesús, como tú bien me enseñaste. Mientras, escucha la canción que te traje. Es sorpresa, pero te doy una pista para que adivines: viene en el disco Tributo a José José.

Natalia encontró por dónde meter su dedo cordial (que previamente había humedecido con saliva) y, al instante, dio la señal a Rafita para que sonara El triste, con Julieta Venegas. Lo que sucedió entonces supera en pavura y espanto cualquier escena escrita por Lovecraft o Poe: sin que su prima se diera cuenta –pues estaba absorta en medir la temperatura de Bacilio- el Hombre Brócoli abrió los ojos y tensó el cuerpo, de su boca surgió un ahogado grito de dolor y súplica desgarrada, como de un atormentado; de sus oídos surgieron sendos hilos de sangre y sus manos se volvieron torcidos muñones de epilepsia. Lo demás fue silencio.

Bacilio Macedonio Ruiz salió de su coma para entrar a su nada eterna. Testigos del triste desenlace fueron Natalia Ruiz Ochoterena y Rafael Martínez, quien todavía cometió la grosería de dejar Payaso, con Molotov, como para rematar al malogrado poeta.

Toda esta historia la he contado sólo para demostrar que la glándula estética sigue funcionando incluso en estado de coma y que si no es protegida del mundo exterior puede reaccionar violentamente y generar una cadena letal de averías orgánicas, en particular la peligrosa oclusión intestinal.

La relevancia cultural de la glándula estética, cuya existencia nada tiene que ver con la conducta moral de los individuos, está en que se desarrolla y madura poco a poco, y que con el tiempo se vuelve tan selectiva que el individuo termina por rechazar el noventa por ciento de lo que ha escuchado en su vida para quedarse apenas con un delgado velo de música (o de cualquier otra expresión artística).

De hecho y a propósito, pienso que un claro ejemplo del más elevado estadio de la belleza es Absorto ante Calipigia, obra que acabo de componer, en este preciso instante.

Absorto ante Calipigia

Los instrumentos ideales para su ejecución son la marimba chiapaneca y el xilófono de Mozambique.

Descripción de la obra

Un par de notas, tocadas con cuarenta años de intervalo entre ellas. Con el propósito de promover la espontaneidad, dejo al intérprete la decisión de escoger dichas notas. Recuérdese, sin embargo, que improvisación no es sinónimo de caos o irresponsabilidad armónica, sino entendimiento absoluto del instante, del momento presente, de las condiciones emocionales en el escenario y entre el público, de las circunstancias humanas y naturales dentro de las que se ha de desenvolver la obra. Y ya que el “instante” de Absorto ante Calipigia es de 480 meses, se recomienda que el ejecutante tenga, por lo menos, doctorado en Historia y en Sociología; sólo así será capaz de improvisar, comprendiendo el instante.

¿Y ese intervalo qué es, cuál es su contenido, su consistencia? El silencio, el más puro y efectivo silencio, el silencio absoluto en medio de dos notas. ¿Y qué hace entonces el oyente? Esperar, simplemente esperar el término de la pieza. Desgraciadamente, el organismo humano no está preparado para tanta belleza. Si ante una pieza común y corriente, donde los silencios son minúsculos e imperceptibles, la gente conversa, grita, aplaude, baila, tose, piensa, ¿qué podemos esperar de alguien a quien se le pide escuchar una obra que dura cuatro décadas y que, para colmo, sólo contiene, en sus bordes, dos solitarias notas, bien elegidas para que su armonía produzca el efecto deseado?

Vuelvo a John Cage para explicar mi nueva posición ante el gozo de la música. En busca del silencio total, Cage percibió, dentro de la cámara acústica de la Universidad de Harvard (supuestamente construida para el efecto buscado), dos sonidos, uno alto y otro bajo: su sistema nervioso, por un lado; por el otro, los latidos de su corazón y la sangre que corría por sus venas. Entendió, entonces, que “el significado esencial del silencio es la pérdida de atención. El silencio no es acústico, es un cambio de mentalidad…”.

viernes, 14 de enero de 2011

Diario de 1979

Martes 9 de enero. Fui con Gerardo a Yoko Quadrasonic para comprar un disco. Tenía ganas de comprar uno de Steve Harley, pero Lalo insistió en que nos lleváramos uno del grupo 801 (Phil Manzanera y Brian Eno,entre otros). El álbum (801 Live, de 1976) contiene dos atractivos clásicos en versiones peculiares: Tomorrow never knows y You really got me. Gerardo prometió que él compraría el de Harley posteriormente.

Viernes 12 de enero. Junto con Octavio Herrero y Alicia Macías fui a ver Y con Nausistrata... ¿qué?, de Héctor Mendoza, al Teatro de la Universidad que estaba en Avenida Chapultepec.

Sábado 13 de enero. Fui con Octavio a la Casa del Lago, donde vimos 1968, obra basada en textos de Carlos Monsiváis. A Octavio no le gustó. ¿A mí? Más o menos. Para quitarnos el enfado, nos llevamos una buena cantidad de carteles de Bertolt Brecht.

Jueves 18 de enero. Gerardo compró el Filmore East 1971 de Frank Zappa.

Viernes 9 de febrero. Compré The basement tapes, de Bob Dylan y The Band (1975).

Sábado 10 de febrero. Volví a ver Y con Nausistrata... ¿qué?, ahora con Óscar Fernández, Arturo Macías, Diana, Alicia Macías, Luis de Llaca y su hermanito (quien salió llorando, quién sabe por qué), las primas de Arturo y Patricia Encizo.

Martes 13 de febrero. Fui a la Cineteca a ver Barry Lyndon (1975), excelente film de Stanley Kubrick.

Miércoles 14 de febrero. Octavio compuso un rocanrol: You were my queen. Estábamos en su casa (Oaxaca 37, piso 4).

Viernes 16 de febrero. Gerardo compró un disco de Led Zeppelin: Presence (1976) y uno de John McLaughlin: Electric Guitarist (1978).

Sábado 17 de febrero. Chubi Dubi en casa de Arturo Macías. Una temporada en el infierno. De esa experiencia surgió Ofelia la inevitable, mi primera novela. Estuvimos presentes Carlos Giribet, Alfredo Dabó, Alberto Pasapera (él fue quien me contagió la risa, al principio del viaje), Óscaer Fernández, el mismo Arturo... y yo. Luego llegó Patricia Encizo, quien se encargó de sacarme del viaje.

Domingo 18 de febrero. Fui a ver Robó, huyó y lo pescaron, de Woody Allen, en el CUC. Fui con Arturo y Alicia Macías... y creo que Patricia Encizo. Durante la proyección, aún corría por mi sangre la mariguana.

Jueves 22 de febrero. Fui a la Carpa Geodésica a ver Beatlemima, puesta en escena por el grupo de Juan Gabriel Moreno. Ahí me encontré a Gerardo y Marugenia, Arturo Macías, Carlos Giribet y Patricia Encizo.

Sábado 24 de febrero. Fui a Texcoco con mamá y Conchita.

Domingo 25 de febrero. Fui a ver Esperando a Godot, de Samuel Becket, en la Carpa Geodésica. Me encontré a Alicia Macías.

Viernes 2 de marzo. Chubi Dubi en casa de Octavio (otra temporada en el infierno -y esta manera de definir el uso de mariguana describe muy bien lo que seguramente sucedía en mi alma al final de la adolescencia). Estuvimos Arturo Macías, Carlos Giribet, Alfredo Dabó, el mismo Octavio... y yo.

Domingo 4 de marzo. Fuimos a ver La prueba de las promesas, de Juan Ruiz de Alarcón, dirigida por Juan José Gurrola. Con esta obra la UNAM estrenó el hermoso teatro que lleva el nombre del dramaturgo novohispano.

Jueves 8 de marzo. Compré dos discos: Viaje al espacio visceral (Guillermo Briseño) y Sleep Dirt (Frank Zappa). En la noche, volví a la Carpa Geodésica para ver de nuevo el espectáculo de Juan Gabriel Moreno.

Lunes 18 de marzo. Llevé a mamá a Gigante, pero al llegar le pedí que me dejara quedarme en el coche (el VW que todos usábamos en aquella época). Tenía mucho sueño y me dolía la cabeza. De pronto, me quedé dormido. No sé cuánto tiempo había pasado cuando regresó mamá (una hora, tal vez). Me había comprado nueces de la India, que me encantan. Pero le dije que me las comería más tarde, porque no me sentía bien. Al volver a casa, me fui directamente a la cama. Ése fue el comienzo de una tifoidea salvaje que me tiró un mes entero. Mamá me cuidó todos los días. Gerardo me ayudó a sobrellevar la enfermedad, papá me compró un diccionario de pasta verde que recorrí complacido durante todo ese tiempo. Redescubrí el amor profundo de mi madre hacia todos y cada uno de sus hijos, y quise expresar mi gratitud y mi alegría -así como el deseo intenso de volver a ella- con un poema sencillo: Luz de luz.




Antes de beber las primeras gotas de Luz,
antes de gritar el olvido que trae tu existencia,
antes de mirar tu rostro, antes...
fuiste dulce cueva de mi carne breve.

Antes de los símbolos y del trópico de tus manos,
antes de los sueños, antes de ser fuiste
escondite callado de mi alma,
jardín de agua.

Algo de mí -algo en mí- recuerda,
y busca la manera de regresar.


Jueves 19 de abril. Primera salida después de mi enfermedad. Durante el mes que estuve en cama, me visitaron Árturo Macías y Purificación Carpinteiro, dos de mis alumnos de la Escuela Mercantil Chapultepec, Octavio Herrero (quien me consoló con un libro de Dickens), Óscar Fernández y Alberto Pasapera. Además Luz de luz, escribí un poema largo en recuerdo del 27 den abril de 1974, día de la primera presentación en vivo de Ambrose Eagleman, la banda formada entonces por Octavio Herrero, Gerardo Aguilar Tagle, Eduardo Pasapera Herrero, María Elena Pavón y yo. ¡Estaban por cumplirse 5 años de esa noche en el departamento de Donceles que habitaba la familia Pasapera.

Viernes 20 de abril. Gerardo fue a Gigante a comprarme el volumen 3 de los Beatles (al que llamábamos "el de los cuadritos"). Por quién sabe qué torpeza, nunca habíamos tenido ese álbum (aunque, por supuesto, conocíamos todas y cada una de las canciones). Al llegar Gerardo con este LP (She is got the devil in her heart, Money, Anna, You can't do that, etcétera), completamos la colección.

Viernes 27 de abril. Gerardo compró un álbum doble de Janis Joplin. Se cumplieron cinco años de la primera tocada de Ambrose Eagleman.

Viernes 4 de mayo. Estreno de Tevépolis, la obra de teatro escrita por Octavio, Arturo y Agustín, dirigida por el mismo Arturo y actuada por Octavio, Agustín, Gerardo y alumnas del Colegio Regina. Mi estado de salud aún estaba frágil. Para colmo, Arturo me maquilló y me puso ojeras. Para colmo, el vestuario estaba compuesto por sábanas blancas (como si fuéramos gente de la Grecia antigua), así que mi extrema delgadez era más que evidente. Mi madre estaba entre el público, y apenas me vio salir a escena grito: ¡Ese muchacho se va a desmayar!

Sábado 5 de mayo. Segunda función de Tevépolis. En el diario manuscrito digo: Por lo menos, me divertí. mucho con la obra. No me arrepiento de lo que se hizo, aunque no volvería a hacerlo.

Sábado 12 de mayo. Fui con Óscar a ver The Last Waltz, de Scorsese (para mí, la mejor película de rock de la historia). Salimos encantados y nos fuimos a casa de Octavio.

Domingo 13 de mayo. Fui con Óscar al Galeón, a ver al mimo Sladek. Nos encontramos a Luis de Llaca.

Sábado 19 de mayo. Primer ensayo de Ritchie, segunda obra de teatro de Octavio. En la noche, fui con Gerardo y Marugenia a escuchar a Memo Briseño a la Carpa Geodésica.

Miércoles 23 de mayo. Gerardo compró el álbum Budy Holly Lives y uno de Savoy Brown.

Sábado 26 de mayo. Fui con Óscar Fernández, Alberto Pasapera y Javier López Aguado a ver Regreso sin gloria.

Sábado 2 de junio. Reunión en casa de Octavio (Oaxaca 37). Asistieron Óscar, Gerardo y Marugenia, las Marentes y las Greguersen, Agustín, el mismo Octavio, Eduardo y Alberto Pasapera.

Domingo 3 de junio. Fui con Óscar a ver Interiores, de Woody Allen.

Domingo 10 de junio. Fui con Beatriz, mi hermana, a ver Interiores. Salí con ganas de verla por tercera vez. Una obra maestra inspirada en Bergman.

Sábado 16 de junio. Reunión en casa de Arturo Macías. Asistieron Gerardo y Marugenioa, Alfredo Dabó, Patricia Encizo, Alicia Macías, el mismo Arturo y dos amigas suyas (Burbuja y Carmen Maciel).

Miércoles 20 de junio. Gerardo compró un álbum de Fats Domino.

Viernes 22 de junio. Gerardo compró Wheels of Fire (Cream) y Islands (King Crimson). Terminé Ofelia la Inevitable.

Domingo 24 de junio. Fui con Octavio y Óscar a ver El Francotirador. Nos encontramos a Gerardo y Marugenia, Arturo Macías, Patricia Encizo y Martha Sámano.

Lunes 25 de junio. ¡Por fin! Gerardo compró Sheik Yerbouti. En la noche, fui con Óscar, Gerardo y Marugenia a escuchar a Memo Briseño (Carpa Geodésica).

Viernes 30 de junio. Fui con Óscar y Alberto a ver El Príncipe y el Mendigo. Me gustó mucho la escena en la que el rey está muriendo y su bufón llora desconsolado. Luego, acompañé a mis amigos al Tizón, pues ambos tenían mucha hambre.

Domingo 1 de julio. Voté por el PCM y el PAN para la Cámara de Diputados.

Viernes 6 de julio. Fui a la Carpa Geodésica a escuchar a Memo Briseño.

Domingo 8 de julio. Velada en casa de Octavio (él preparó la cena). Asistieron las Marentes y yo.

Lunes 9 de julio. Gerardo compró un disco de Elvis Costello y uno de Zappa (Orquestral Favorities) que apenas tenía dos meses de haber salido.

Martes 10 de julio. Fui a la Carpa Geodésica a un caótico concierto de blues.

Viernes 13 de julio. Fui a la Carpa Geodésica a escuchar a Briseño. Gerardo compró un disco de David Bowie y otro de Triunvirat.

Domingo 15 de julio. Fui con Octavio Herrero, Arturo y Alicia Macías, Luis Herrera y no recuerdo quién más a ver La Mudanza, de Vicente Leñero, en el Teatro de la UNAM que estaba enm Avenida Chapultepec. Los actores fueron Luis Rábago y María Rojo, creo. Veinte años más tarde, mi amigo Raúl Bretón me contaría que él hizo el papel de la sombra que al final acaba asesinando a la pareja.

Miércoles 18 de julio. Acudí al Centro Mexicano de Escritores a solicitar una beca con Ofelia la Inevitable.

Viernes 20 de julio. Fui con Óscar a ver a Briseño. Luego, comimos tacos en el Tizón.

Sábado 21 de julio. Fiesta en casa de Javier López Aguado.

Domingo 22 de julio. Fui con mamá al cine Bella Época (antes Lido y hoy Centro Cultural Rosario Castellanos), a ver La Dama de las Camelias, con Greta Garbo.

Jueves 26 de julio. Fui con Óscar a ver Taxi Driver, de Scorsese, con Robert de Niro, Jodie Foster, Harvey Keitel. Esto me hace recordar que la primera vez que vi a Jodie Foster fue en una serie de televisión, y creo que se trataba de The New Perry Mason (The case of deadly deeds), pero no estoy seguro.

Viernes 27 de julio. Fui a ver a Briseño a la Carpa Geodésica. ¡Qué obsesión!

Sábado 28 de julio. Gerardo compró el Rock 'n Roll de John Lennon.

Viernes 3 de agosto. Briseño en la Carpa.

Sábado 4 de agosto. Fui con Alberto y Óscar a ver El misterio de Agatha Christie, con Vanessa Redgrave y Dustin Hoffman.

Jueves 9 de agosto. Fui a ver La Historia de la Aviación, de Héctor Mendoza, al Teatro Juan Ruiz de Alarcón.

Viernes 10 de agosto. Iniciamos nuestro Taller de Creación Literaria en casa de las Marentes. El grupo lo formamos Socorro, Octavio y yo. En realidad, no pasamos de la primera sesión.

Sábado 11 de agosto. Fui con Octavio y Óscar a ver La Historia de la Aviación.

Jueves 16 de agosto. Octavio, Arturo y Gerardo se encerraron todo el día en El Cuarto (aquel que nos construyó Ma -mi tía abuela- a petición de mi madre), para ensayar Edipo Mimo.

Sábado 18 de agosto. Fui con Octavio, Socorro y Gabriela a ver la Historia de la Aviación. Concluyo que en aquella época tuve varios arrebatos de obsesión: si algo me gustaba (música, teatro, cine), lo convertía inmediatamente en objeto de culto.

Domingo 19 de agosto. Fui con Octavio Herrero, Óscar Fernández, Gabriela Marentes, Alberto y Alejandra Pasapera a ver Ricardo III.

Martes 21 de agosto. Papá me compró un diccionario de sinónimos (hoy, ese hermoso diccionario está entre los libros que Alejandra Ortiz Canseco conservó -una bellísima biblioteca que formé durante 30 años).

Jueves 23 de agosto. Estreno de Edipo Mimo en la Carpa Geodésica.

Viernes 24 de agosto. Fui con Octavio, Gabriela y Socorro a ver Las Visitas, de Alejandro Aura, el el Teatro Santa Catarina.

Sábado 25 de agosto. Tere se fue a Europa.

Domingo 26 de agosto. Fui con Octavio, Gabriela, Socorro, Mónica y Danold a ver Sueño de una noche de verano, dirigida por Salvador Garcini, en el Foro Sor Juana.

Lunes 27 de agosto. Fui con mis hermanos Gerardo y José Luis a ver Let it be al Cine Ermita. Ya entonces la película era un tesoro del pasado (la primera vez que la vimos fue a principios de la década, en un cine de Reforma). Regresé a tocar la guitarra en El Cuarto. En la noche, Gerardo llegó con un regalo para mí: un disco de los Kinks.

Martes 28 de agosto. Mamá nos celebró el Santo a mi papá y a mí con una comida exquisita. Estuvo con nosotros mi tía Tere.

Miércoles 29 de agosto. Fuimos Arturo Macías, Gerardo y yo a casa de Octavio, para felicitarlo por su cumpleaños número 23.

Sábado 1 de septiembre. Gerardo compró un disco de Mick Taylor y One size fits all, de Zappa. Fui con Octavio y Gabriela a ver El submarino amarillo.

Domingo 2 de septiembre. Escribo en el diario algo críptico que no logro descifrar: P.05 ó P.OS. No sé.

Miércoles 5 de septiembre. Fiesta en casa de Arturo (por su cumpleaños o algo así). Fueron los de siempre.

Viernes 7 de septiembre. Después del taller de teatro, Octavio y yo pásamos por Óscar y nos fuimos a echar unos tacos.

Sábado 8 de septiembre. Fui a ver una película sobre una relación homosexual (creo que española).

Domingo 9 de septiembre. Fui con Óscar a ver (de nuevo) Sueño de una noche de verano.

Jueves 13 de septiembre. Me enteré de que no logré la beca en el Centro Mexicano de Escritores. Decidí, entonces, nunca más volver a pedir cosa alguna para ser escritor.

Viernes 14 de septiembre. Edipo Mimo en la Universidad Anáhuac.

Sábado 15 de septiembre. Fui con Óscar, Gabriela, Octavio y Alberto a ver en el CUC Los veraneantes., de Máximo Gorki.

Domingo 16 de septiembre. Fui con Óscar y Alberto a ver Robo, huyó y lo pescaron, de Woody Allen.

Viernes 21 de septiembre. Fui con Socorro, Gabriela y Octavio a ver Bilitis, de David Hamilton.

Sábado 22 de septiembre. Fui con Octavio y Gabriela a ver Pretty Baby, de Louis Malle (con Brooke Shield, Keith Carradine y Susan Sarandon).

Sábado 29 de septiembre. Fui a ver con Octavio y Óscar El Graduado (no pudimos entrar a ver Sonata de Otoño).

Lunes 1 de octubre. Entre a trabajar en una escuela para trabajadores de la S.S.A. Imparto Metodología de la Lectura (pero hoy no hubo clases). En la noche, llegó Beatriz con el premio que obtuvo en el concurso de poesía de la Universidad Metropolitan (con un poema mío). El premio consistió en libros de Paz, Benedetti, Vargas Llosa y Puig, entre otros.

Viernes 5 de octubre. Fui con Octavio y Gabriela a la presentación del coche Cordoba. Nos invitaron Marugenia y Gerardo. Hubo botanas y bebidas gratis, gracias a Dios.

Sábado 6 de octubre. Fui con Óscar, Gabriela y Octavio al Teatro Juan Ruiz de Alarcón a ver Los bajos fondos, dirigida por Julio Castillo.

Domingo 7 de octubre. Fui con Octavio a ver Más allá del bien y del mal, película sobre la vida de Nietszche. Luego, nos fuimos a ver Zapata, de Nicolás Nuñez.

Martes 9 de octubre. Fui con Octavio y Gabriela a la Alianza Francesa, donde se dio una conferencia sobre rock. Los ponentes fueron Guillermo Briseño, Óscar Sarquiz y Alejandro Lora. Caótica la conferencia, sin orden, sin ideas, sin sentido. Al final, tocó Briseño y su banda.

Jueves 11 de octubre. Fui con Octavio a ver la película sobre la vida de Elvis Presley. Pésima.
Sábado 13 de octubre. Fui con Óscar y Octavio a ver California Suite. Luego nos tomamos un café en la misma Zona Rosa.

Domingo 14 de octubre. Fui a casa de Octavio para ayudarle a un trabajo. Estuvo con nosotros Lourdes Christlieb, que en aquella época se había convertido en un pegoste.

20 de octubre. Fui con Arturo Macías, Gerardo y Marugenia, Octavio y Óscar a ver Hair, coreografiada por la genial Twyla Tharp.

21 de octubre. Fui a ver El Show de terror de Rocky.

26 de octubre. Gerardo compró el más reciente disco de Led Zeppelin (Presence).

27 de octubre. Fui a ver de nuevo El show de terror de Rocky, esta vez con Óscar y Gabriela. Luego fuimos a comer unos tacos.

29 de octubre. Llamé por teléfono a Vicky para invitarla a cenar. Aceptó.

31 de octubre. En el ensayo de teatro (con Aline Davidoff), escenifiqué una parte del primer monólogo del Fausto de Goethe.

1 de noviembre. Fui con Octavio, Óscar, las Marentes y Lourdes Christlieb al Segundo Festival de Blues, en el Auditorio Nacional. Blind John Davis, Willie Dixon y Muddy Waters. Luego fuimos a comer tacos. Le regale a Vicky una rosa. Pero esta rosa tiene una historia previa. En la tarde, Lourdes había llegado con esa flor a casa de Octavio, despreciándola (¡Ay, me la regaló un pretendiente!). Le pedí que me la regalara, y Lourdes aceptó. Le dije que no dijera nada.

2 de noviembre. Me compré una camisa, para salir con Vicky. Pero ella canceló la cita. Entendí que yo no le interesaba, así es que dejé de insistir. Tiempo después, Enrique entraría al quite y se casaría con Vicky.

3 de noviembre. Fui por segunda vez a ver Hair, ahora con las Marentes, Óscar y Octavio. Más tarde, Óscar, Octavio y yo fuimos a casa de Marugenia, donde me enteré de que Gerardo había comprado Sleep Dirt, de Frank Zappa.

4 de noviembre. Fui a casa de las Marentes para ayudar a Gabriela a hacer un trabajo de la universidad. A mí me dio flojera, así que convencí a Gabriela de que me dejara hacerlo solo en mi casa. Aceptó, y nos pusimos a platicar. En la tarde fui con Octavio a ver Chantaje Mortal.

5 de noviembre. Fui con Gerardo a Hip 70 de la Zona Rosa, y compramos Apostrophe, de Zappa. Gerardo me había prometido comprar el más reciente de Jethro Tull, pero no estaba. Fui a casa de las Marentes y le dejé a Gabriela Ortodoxia, de G.K. Chesterton.

6 de noviembre. Fui a casa de las Marentes, y le entregué a Gabriela el trabajo que le prometí hacer.

8 de noviembre. Gerardo me dio dinero para comprar el más reciente disco de Jethro Tull (Heavy Horses).

10 de noviembre. Fiesta en casa de los padres de Aline Davidoff. Una casa hermosa.

11 de noviembre. Cena en casa de las Marentes (ellas, Óscar, Octavio y yo). Escribo en el diario: “Estoy sacado de onda”.

12 de noviembre. Fui a casa de las Marentes, antes de irme al ensayo de teatro. Platiqué un buen rato con Gabriela.

13 de noviembre. Llamé por teléfono a Alejandra Marentes, para invitarla a tomar un café. Me propuso que el sábado, porque hoy estaba muy ocupada.

17 de noviembre. Fui a tomar una copa (sangría) con Alejandra Marentes. Nos acompañaron Amparo y su novio. Más tarde, fuimos a El Cóndor Pasa. Me pegué la aburrida de mi vida, pero todo lo hice con el propósito de conquistar a Alejandra (no entiendo por qué, si en realidad no estaba interesado en ella, ¿o sí?).

18 de noviembre. Cena en casa de las Marentes, con Gabriela, Vicky, Mónica, Gerardo y Marugenia, Octavio, Óscar, Daniel Novoa y Danold.

19 de noviembre. En la mañana fui a casa de las Marentes. Estaban ellas cambiando los muebles de lugar. En la tarde, fui con Gabriela a ver Retrato de Teresa, película cubana. Después, en su casa, Gabriela me sirvió un vaso de vino y dos panes de dulce, y me leyó un texto suyo. Luego pasó Octavio por mí y por