Introitus

La idea. Elaborar un cartulario definitivo, un archivo general que contenga todo sobre Agustín Aguilar Tagle, así como aquello que se dio, se da y se dará en torno a su persona. En la medida de lo posible, se evitará el uso de imágenes decorativas (se usarán sólo aquellas que tengan cierto valor documental). Asimismo, se prescindirá de retorcidos estilos literarios a favor de la claridad y la objetividad (la excepción: que el documento original sea en sí mismo un texto con pretensiones artísticas). El propósito. Facilitar la investigación biográfica, bibliogáfica, audiográfica y fotográfica posterior a la muerte de Agustín Aguilar Tagle, de manera tal que sus herederos espirituales puedan dedicar los días a su propio presente y no a la reconstrucción titánica de virtudes, hazañas, amores, aforismos, anécdotas y pecados de un ser humano laberíntico, complejo y contradictorio. El compromiso. Cuando busco la verdad, pregunto por la belleza (AAT).













sábado, 8 de octubre de 2016

Los huevos de Trump


Lamia**



Es como un huevo de serpiente. 
A través de su delgada membrana, 
puedes distinguir un reptil ya formado.  
Hans Vergerus*

La gravedad de la candidatura republicana no está en las destempladas expresiones del magnate neoyorkino, sino en la aprobación y el apoyo que él recibe de una porción significativa de la sociedad estadounidense, porque esa aprobación habla de un estado de ánimo, así como de la pervivencia y la proliferación de una ideología de extrema derecha (aceptemos el término por comodidad teórica e interpretémoslo exactamente como lo entendió la Asamblea Nacional Constituyente francesa del 11 de septiembre de 1789; para el caso que nos ocupa, el monarca cuyo poder hay que restituir es la grandeza norteamericana, con todo y su espeluznante doctrina del destino manifiesto).

Donald Trump puede apagarse, perder la contienda y pasar a la historia como uno de los momentos más desafortunados y tenebrosos de la ultraderecha norteamericana; pero su campaña ya puso el dedo en la llaga cultural de Estados Unidos, y ello es cosa que no debe olvidarse después de las elecciones: parte importante de su población es homofóbica, misógina, racista y xenofóbica (aunque este perfil de intolerancia no es exclusivo de la extrema derecha estadounidense, sino que tiene presencia en todo el mundo), y vive hoy con la nostalgia de la grandeza nacional y con el anhelo de restaurarla, aunque esto sea, como advierte León Bendesky, “con la miopía de aislacionismo y la instauración de la ley y el orden que sólo (su) candidato puede lograr”.

El rechazo de este numeroso grupo social a la diversidad en general es la respuesta mecánica propia del miedo, una respuesta que desvela –otra vez- el fundamentalismo de un sector relevante de la sociedad occidental, tan peligroso como el comportamiento del extremismo islámico. Las frases alahu-akbar, in-god-we-trust y viva-cristo-rey dicen exactamente lo mismo: Dios está de mi lado… y tú debes desaparecer.

Despierto de una pesadilla y descubro 
que la realidad es peor que el sueño. 
Abel Rosenberg

Sí, es cierto, Donald Trump nos ha puesto a muchos temblar con sus desplantes, sus amenazas y sus exabruptos; pero no es él –no debe ser él- el motivo de nuestros desvelos, sino la existencia de un sector significativo de la sociedad que encuentra en el candidato republicano estadounidense su voz y su visión del mundo.

Donald Trump y muchos de sus seguidores no nacieron ayer. Algunos de nosotros tampoco. Puede ser que los lectores milénicos supongan candorosamente que hay conductas nuevas bajo el Sol, pero al observar a este hombre, al enterarnos de sus diatribas y al pasmarnos frente a su pedestre pensamiento, la memoria de siglos pasados despierta…

Es fácil asociar al personaje con otras figuras de la historia. El rango de las analogías va desde la monstruosidad y la truculencia hasta los más grotescos ejemplos de la ignominia y la bravuconada. Incluso -y sin hilar delgado-, también encontramos similitudes entre los electores que apoyan la candidatura de Trump y la gestación del nacionalsocialismo alemán. Y es aquí donde más vale estar alertas: lancemos los reflectores hacia un posible huevo de serpiente.

Nada funciona bien, excepto el miedo. 
Inspector Bauer

¿El ver nazis potenciales en los trumpistas es un pensamiento desmesurado? ¿Es una presunción sin fundamento o es una intuición colectiva que forma parte de nuestro instinto de supervivencia? ¿Huele a azufre o es sólo nuestra imaginación?

No somos los primeros ni seremos los últimos en recordar la película El huevo de la serpiente (1977), al pensar en Trump y sus seguidores.

La historia escrita y filmada por Ingmar Bergman ocurre durante los días previos al intento fallido de golpe de estado perpetrado por los camisas pardas del Sturmabteilung (el brazo armado del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán). En la película, los preparativos del asalto a la cervecería Bürgerbräukeller (en Múnich) no se muestran, pero son un zumbido grave y permanente que contrapuntea con las peripecias de los protagonistas (Abel Rosenberg y su cuñada Manuela, dos trapecistas en desgracia; Bauer, el inspector de policía que intenta entender los acontecimientos del momento; y Hans Vergerus, el científico loco que dirige una clínica donde realiza macabros experimentos con seres humanos).

Lo que observamos en la obra del genial cineasta sueco es una República de Weimar (la Alemania de entreguerras) que aún no se recupera de la derrota en la Primera Guerra Mundial ni del Tratado de Versalles, una Alemania donde “casi todos han perdido la fe en el futuro y en el presente” (al principio, sin aviso previo, la pantalla nos muestra una toma cerrada, en blanco y negro, en ligerísima picada y en cámara lenta de transeúntes berlineses que caminan con la mirada baja y que se mueven con pesadez). La atmósfera es de abatimiento moral y profunda depresión, las imágenes son crudas y profundamente tristes, es un mundo sin esperanzas. La única manera de aliviar el dolor del alma es con placeres fugaces, y eso sólo cuando hay dólares estadounidenses (porque el papiermark es absolutamente anodino). Las calles y las casas están infectadas de miedo. Hay hambre y desempleo. Todo parece apuntar a que la violencia será la expresión del resentimiento germano por los acuerdos políticos y económicos tomados en Versalles. Y en ese contexto ocurre, el 8 de noviembre de 1923, lo que se conoce como “El Putsch de la Cervecería”, el fallido intento de golpe de Estado liderado por Adolfo Hitler (quien acabará entonces en la cárcel).

Un grupo numeroso de estadounidenses acudirá a las urnas con un ánimo semejante al de los ciudadanos alemanes de 1923: desencantados, empobrecidos, con sueldos magros, hartos de los políticos tradicionales (mentirosos y cínicos, como Hillary Clinton), abatidos moralmente porque la american way of life se desvaneció hace ya mucho tiempo, indignados por los trabajos de distensión con Cuba. ¡Y, para colmo, el presidente es negro! Irán a votar por un hombre que les promete devolverles la grandeza nacional, irán el 8 de noviembre de 2016 a votar por quienes les ofrece devolverles el alma, como fueron los camisas pardas a la Bürgenbräukeller el 8 de noviembre de 1923, esa vez conducidos por Adolfo Hitler, también para rescatar su alma. Esta vez no necesitan un golpe de estado, sino solamente dejar de ser indolentes y acudir a las casillas.

En uno de sus recientes artículos periodísticos, la doctora Soledad Loaeza advierte que “la ignorancia, la vulgaridad y la provocación que caracteriza el discurso del multimillonario convertido en político parecen completamente ajenos a la imagen de la democracia estadounidense, erigida en modelo universal”, lo que nos recuerda inevitablemente el comentario del inspector Bauer el 11 de noviembre de 1923 (aunque, a diferencia del tono de pasmo de Loaeza, el personaje de Bergman se expresa de manera jactansiosa): “Hitler falló con su golpe de estado en Múnich. Fue un fiasco descomunal. Hitler y su bando subestimaron la fuerza de la democracia alemana”.

Ya que conocemos la historia posterior, es decir, lo ocurrido diez años después (el inicio del Tercer Reich, en 1933), las palabras del inspector y de la doctora Loaeza no sirven para tranquilizar al mundo, porque el huevo de la serpiente sigue incubándose bajo el resentimiento social.

*La cita que sirve de epígrafe a este artículo está extraída de la película El huevo de la serpiente, de Ingmar Bergman (1977), protagonizada por David Carradine y Liv Ullman. En cuanto a la frase que da título a la pieza cinematográfica (y que se explica a través de Vergerus, uno de los personajes), ésta está tomada del monólogo de Bruto en la primera escena del segundo acto de Julio César, de William Shakespeare: “Que hay que creer que es huevo de serpiente, que dañino será cuando se incube y que en el cascarón matar es fuerza”.

**En cuanto a la imagen que abre esta entrada, necesito aclarar que si la traigo a colación (la encontré en The Creature Catalog de Michael Berenstein) no es para comparar a Trump con una lamia (la mujer serpiente o también la mujer dragona) sino precisamente para señalar una diferencia que abona a favor de la sinceridad del candidato republicano (así sea su sinceridad el descaro de los pueriles, la franqueza del beodo o la zafiedad del prepotente): a diferencia de las lamias, Trump no finge ser lo que no es; por tanto, será la sociedad estadounidense la responsable de su triunfo o de su derrota.

domingo, 16 de agosto de 2015

Nuevas voces en el mundo nuevo*

El Carnihueso en el Mundonláin

El Carnihueso. Se usa esta voz para referirse al mundo físico y distinguirlo del mundo real (el mundo en línea). 


En el Carnihueso viven los vigesimocrépitos, 
pero también los pantallescentes. 

Los primeros enfrentan el Carnihueso 
de manera grave, mientras que los segundos 
lo hacen de manera vaporosa. 

Tanto los vigesimocrépitos 
como los pantallescentes 
son personas felices. 

Los vigesimocrépitos piensan 
que los segundos están tristes 
y que están desperdiciando su vida. 

Los pantallescentes están convencidos 
de que los vigesimocrépitos están tristes 
y que están  desperdiciando su vida.

Vigesimocrépito. Sobreviviente del siglo XX convencido de que la humanidad está en decadencia por culpa de internet. 


El vigesimocrépito insiste 
en llamar virtual al mundo real, 
y mundo real al Carnihueso.

Mundonláin. El mundo real. Pero el Mundonláin no es un ámbito cerrado: se  puede cruzar sus fronteras para visitar el Carnihueso, donde se cubren necesidades animales (comer, dormir, entrar en otros animales o dejarse penetrar por esos otros animales, bañarse, cagar, beber cerveza y mear, por ejemplo). 

Los vigesimocrépitos, en cambio, se refugian en el Carnihueso y desde él refunfuñan y presumen orgullosos el hecho de no estar conectados al Mundonláin. Sin embargo, frecuentemente, con voluntad o sin ella, algunos vigesimocrépitos visitan el Mundonláin. 


Reconocemos a un vigesimocrépito 
en el Mundonláin porque está enojado.
Pero estar enojado es su manera 
de mantenerse feliz.

Pantallescente. Persona que no rebasa aún los veinte años de edad y que, por tanto, se relaciona con su entorno humano a través de internet. 

Si un vigesimocrépito del Carnihueso le muestra un libro de papel o un disco compacto (con la arrogancia de quien dice "mira de lo que te estás perdiendo"), el pantallescente observa estos objetos con fascinación arqueológica y una amplia sonrisa de gratitud. Porque desde tiempos inmemoriales, lo inútil es hermoso y así seguirá siendo. 

El pantallescente que además es hipster tiene en su casa un estante con libros de papel (a veces, incluso, los lee) y discos compactos -o hasta discos de vinilo- (a veces, incluso, los escucha), porque fortalecen su idea de un mundo alternativo. 

El pantallescente que además es hipster, contempla a los vigesimocrépitos con cierta admiración taxidérmica, pero los aborrece cuando descubre que sí tienen cuenta en Facebook. El pantallescente hipster no soporta la hipocresía y la deslealtad de los vigesimocrépitos, porque -piensa- estos viejos inútiles no se refugian en el Carnihueso por rebeldía sino por ineptitud, por torpeza, por incompetencia

Escriferio. Refrigerio que consume el pantallescente durante su estancia frente a la pantalla del escritorio del Carnihueso. 


Algunos vigesimocrépitos insisten 
en llamar lunch al escriferio. 
¡Hay que hablar bien el español, por amor a Dios!

Redecente. Persona que, al estar interactuando en la red, se comporta con buenas maneras. Cuando se le insulta personalmente o se le critica su forma de pensar, el redecente responde con una carita feliz (dos puntos y cierre de paréntesis, nada de emoticones prefabricados) y canta alabanzas a la libertad de expresión.

Cibercondriaco. Persona que, al percibir en sí misma un problema de salud, dedica toda su energía a buscar en la red la prueba de que padece una enfermedad incurable. En su búsqueda, obtiene información valiosa sobre síntomas de enfermedades que desconocía y que ahora detecta en su propio cuerpo.

Egomento. Palabra cada vez más utilizada para sustituir la cursi selfie. Momento del yo, monumento a mí mismo, autorretrato tomado con el celular (aparato que, a propósito, los vigesimocrépitos siguen llamando teléfono celular –e insisten en llamar al e-mail correo electrónico, como si de verdad siguieran ellos enviando cartas de papel a la tía Natalia). 


Con cada egomento demostramos diariamente 
nuestra existencia en el Carnihueso.

Redegoriguación. Búsqueda de mi persona en la red, mediante el googleo de mi nombre.


Vigesimocrépito en el Carnihueso

*Estas propuestas se me ocurrieron después de leer The 20 Weirdest Word Added to the Dictionary Because of Technology, de Lindsay Kolowich, texto del Mundonláin que me compartió mi hermana Beatriz, pantallescente de corazón.











sábado, 1 de agosto de 2015

Me rompieron los vidrios

...y no encuentro mastique.

Entra el piano de José Luis como una campana oscilante que llama a misa. Entran los trastes agrestes de Ignacio y el corazón metódico de Xavier Gaona. Octavio posa su mano derecha sobre las cuerdas de la guitarra, y los muy atentos tenemos el gozoso privilegio de escuchar un leve y agudo quejido metálico, ese sonido que en estricto sentido no pertenece a la “composición” pero que dice mucho de la música que viene. Un lamento afortunado para decir rocanrol (es eso que Milorad Pavic y Mario Molina señalan como “tonalidades alícuotas”).

Octavio rasga la luz con acordes abiertos… y rompe el alba. Amanece. Entra Ezequiel: ¡Me sangran las manos mientras le río al Sol! Voy andando río abajo. Y es entonces cuando veo cuerpos de muchachas desnudas que salen del agua con las tetas al aire, porque escuchan, y al escuchar entienden que eso que suena, que-eso-que-suena-es rocanrol.  Comienza el álbum y ya encontramos desde el principio nuestro lugar en el cosmos: aquí, frente a Los Rompevidrios.

¡Amo la batería de Nacho! La amo desde el bajo vientre. ¡Ahí está! Y el solo de Herrero recuerda a los danzantes que el baile de los epilépticos de la luna aún sigue.

Traigo desde la madrugada un bucle sonoro, un gusano auditivo, ese garabato musical que llega a la mente de manera inopinada y se queda ahí, dando vueltas durante todo el día, sin que uno pueda hacer algo para eliminarlo: Take a ride for yourself, take a ride for yourself. El día termina y duermo con mi bucle sonoro, incisivo; el gusano se mete en los sueños: contemplo a Los Rompevidrios. El garabato se transforma y se vuelve las luces brillan de las esquinas colgadas. La noche se desvanece y el bucle se transforma en la muerte es un canario, es un beso, una cereza, un chocolate, es un pandero, una ola, es un trineo.

La noche se desvanece y Los Rompevidrios siguen ahí.


Para describir Viaje sin retorno, el primer álbum de Los Rompevidrios, podría soltar aquí una lista interminable de adjetivos e interjecciones, pero la palabra que resume con claridad y exactitud la fuerza de esta colección de canciones es rocanrol.  Ahora mismo he puesto por enésima vez el disco y lo escucho con audífonos para subir el volumen a todo lo que da sin molestar a los de casa.

Repito el ritual de hace cuarentaicinco años: mi mejor amigo, mi viejo hermano, me regala un ejemplar de Viaje sin retorno, que trae la voz inigualable de Ezequiel, los riffs proverbiales de Octavio (y sus solos, sus armonías, sus melodías, sus ataques rotundos), la corpulencia de los tambores de Ignacio, la elegancia de Xavier, esa elegancia que engorda como cerdo y que da cuerpo al sonido; el teclado precioso de Josefáin. Me olvido entonces de todo lo que estoy haciendo, salgo de la chamba, camino bajo la lluvia hacia la casa, me desvisto, me pongo ropa cómoda, enciendo el aparato de sonido, miro la portada con delectación, abro el álbum con mucho cuidado, saco el disco, lo coloco en la bandeja, enciendo un cigarro, abro una cerveza y apachurro el botón. ¡Y ahí está! ¡Es rocanrol, verdadero rocanrol!  Rocanrol bien hecho, composiciones que se vuelven entrañables y necesarias, y que al llegar a nuestro vientre nos incendian los adentros como lo hicieron en su momento los dioses que marcaron nuestra vida. Vivo esta noche el mismo deleite que experimenté al escuchar por vez primera las canciones que me definieron espiritualmente.

Cinco músicos excelentes y una ejecución impecable.

¿Cuál es mi preferida? La respuesta cambia en cada puesta del disco. Si me caso con una, a los cuatro minutos ya la ando engañando con la siguiente. Estamos ante una docena de piezas que juntas se vuelven necesarias entre sí y que solas, sin embargo, pueden vivir con suficiente independencia.

No soy un crítico, pero he escuchado esta música desde los diez años de edad, escuché a los grandes cuando comenzaban, así que tengo el oído, la erudición y la autoridad para afirmar que Viaje sin retorno es un obra a la altura de las más altas cimas del rocanrol. Aquí se han juntado cinco almas intemporales que ya no se cuecen al primer hervor y que no se andan con rodeos para hacer lo que hacen desde niños y que, por supuesto, hoy lo hacen mucho mejor.

Todavía hay palabras que decir de este volcán.












viernes, 13 de febrero de 2015

La relación simbiótica entre lengua e individuo libre



A Luz Elena Videgaray Aguilar,
con amor y admiración.

Siempre es poco el conocimiento personal, siempre es insuficiente, es apenas un haz de luz que cruza con timidez la espesa penumbra de nuestra propia ignorancia, negra como la pez, vasta como la nada. Pero este parvo saber que raya en la inopia es, sin embargo, motivo de sentimientos encontrados: nos aflige la oscuridad a la vez que nos alegra el más mínimo hallazgo, nos impacientan las tinieblas a la vez que nos conforta la refulgencia de las cosas nuevas, sobre todo de aquellas que se nos aparecen sin haberlas buscado. 

 Escribí lo anterior inmediatamente después de encontrarme por primera vez con Friedrich Schleiermacher (1768-1834), al que conocí mientras leía un sabrosísimo ensayo sobre Moby Dick escrito por Fernando Velasco Garrido, genial traductor (El lardo es el lardo, se titula el opúsculo acerca de la novela de Melville).

Velasco Garrido cita a Schleiermacher para subrayar y explicar el valor de Moby Dick como hito de la lengua inglesa; pero las palabras del alemán me distrajeron y me invitaron a buscar en internet el texto original…

Transcribo un pasaje de Sobre los diferentes métodos de traducir, escrito por el teólogo y filósofo alemán en 1813. Mi propósito al reproducir este fragmento es dar un ejemplo de la alegría que me provoca la aparición en mi vida de una persona que no conocía, del entusiasmo que me provoca el hallazgo de una idea que hasta hace unos días no estaba en mi mente y de la jubilosa sensación de vigencia que brota frente a un texto que tiene doscientos años de haber sido escrito: la lengua es la fuente de la condición humana, no hay nada humano fuera de la lengua; sin embargo, el individuo libre tiene también –al pensar libremente- la posibilidad de alimentar la lengua y decir “algo” que merezca escucharse. Las afirmaciones de Schleiermacher son, a propósito, beneficiarias de Giovanni Pico della Mirandola, quien en 1486 entregó al mundo su Discurso sobre la dignidad del hombre (Oratio de hominis dignitate), pieza maestra y cumbre del espíritu renacentista.

Pero vayamos, pues, a Schleiermacher (el subrayado es mío):

“Todo ser humano está, por un lado, en poder de la lengua que habla; él mismo y todo su pensamiento son fruto de ella. No puede pensar, con completa concreción, nada que se halle fuera de los límites de ella; la forma de sus conceptos, la naturaleza y los límites de sus posibilidades de combinación le vienen predeterminados por la lengua en la que ha nacido, y en la que se ha educado; la razón y la fantasía se hallan determinadas por ella. Por otro lado, sin embargo, todo ser humano que piense de forma independiente, y que posea autonomía intelectual, a su vez, también forma la lengua (…). En este sentido, pues, es la activa energía del individuo la que crea –originalmente sólo con el fin transitorio de comunicar un estado pasajero de la conciencia- nuevas formas en la dúctil materia de la lengua, de las cuales, sin embargo, perdura en la lengua unas veces algo más; y otras, algo menos; algo que, por su parte, recogido por otros, sigue extendiéndose y desarrollando su fuerza creadora. Es más, puede decirse que sólo en la medida en la que uno influye de esta forma en la lengua, merece ser escuchado más allá de su propio ámbito inmediato.

sábado, 27 de septiembre de 2014

La fiesta de la insignificancia



¿Será ésta la última novela de Milan Kundera? No sé. No sé si Kundera ha declarado algo sobre el asunto, es decir, si piensa dejar la escritura, ahora que la vejez lo ha sorprendido en su apacible residencia parisina. 

La pregunta no es ociosa, al menos para mí, un lector desordenado que se niega a romper el hilo existente entre el creador y la obra, ese cordón umbilical a través del cual se alimenta la criatura nueva en su período de gestación. 

Porque si La fiesta de la insignificancia, que casualmente también trata sobre el ombligo (y sobre la madre, entre otros asuntos), si esta brevísima novela, digo, es la despedida literaria de un gran escritor, habrá que leerla con muchos ojos, y no porque así deba ser sino porque nosotros somos la generación que está leyendo muy probablemente el último Kundera… con Kundera vivo.

Imagino la siguiente escena:

Es 1846. Estoy en Place du Tertre, en Montmartre, así que decido comer algo en La Mère Catherine. Al reconocerme, uno de los meseros se acerca y me entrega un ejemplar de Le Constitutionnel:

-Soupe à l’oignon gratinée, monsieur?
-Mais oui, comme d’habitude, cher Jean Albert.

La reverencia de Jean Albert es un disimulado gesto que sólo yo percibo y que agradezco con el esbozo de una sonrisa. Al desaparecer el joven, me concentro en hojear el periódico, sin prisa, con ese desgano de quien se sabe fuera de tiempo. De pronto, al llegar a las páginas centrales, aparece ante mis ojos el primer capítulo de La prima Bette. ¿Y de quién es esta nueva novela de folletín? ¡Claro, pero por supuesto! ¡Honorato de Balzac! Al percatarme de que me encuentro frente a la nueva novela de Balzac, me da el escalofrío; luego llega un leve mareo: recuerdo que estoy en 1846.

Llega Jean Albert con mi sopa de cebolla. Al dejarla junto a mí, los ojos del muchacho se tropiezan con mi lectura:

-Monsieur…
-Mande usted.
-Lire attentivement. Balzac va mourir dans quatre ans.
-¿Balzac morirá dentro de cuatro años? ¿Y por qué lo sabes?
-Parce que je sais, monsieur!

A partir de este momento, con la revelación de Jean Albert, mi lectura de La Prima Bette se vuelve una doble lectura: la historia por sí misma y la despedida inconsciente de un hombre maravilloso, Balzac. 

Y algo semejante me sucede ahora. He terminado la lectura de La fiesta de la insignificancia, y mi Jean Albert me susurra: 

-Aquí termina todo, no habrá más Kundera. Lee con atención antes de juzgar. 

Comienzo por segunda vez La fiesta de la insignificancia. El Jardín del Luxemburgo, el ombligo al aire de las parisinas, un cáncer fingido, una lengua falsa, los ángeles, la voz de una madre ausente, Stalin, la próstata de un hombre insignificante, Narciso y sus espejos, amantes borrosas, viudas deslavadas… Y, al final, la Marsellesa cantada por un coro infantil.

Leo por segunda vez La fiesta de la insignificancia. Imagino a Milán Kundera en su retiro parisino: tranquilo, sin aspavientos, sin arrogancias; un hombre viejo que parece gozar las minucias de la vida.


Algunos lectores se sentirán desilusionados con esta pieza breve de Kundera (alguien la ha llamado "epílogo triste" para una obra  de vida que contiene diez novelas). Yo me siento agradecido, profundamente agradecido. Y comienzo de nuevo la lectura: 

Era el mes de junio, el sol asomaba entre las nubes...