Introitus

La idea. Elaborar un cartulario definitivo, un archivo general que contenga todo sobre Agustín Aguilar Tagle, así como aquello que se dio, se da y se dará en torno a su persona. En la medida de lo posible, se evitará el uso de imágenes decorativas (se usarán sólo aquellas que tengan cierto valor documental). Asimismo, se prescindirá de retorcidos estilos literarios a favor de la claridad y la objetividad (la excepción: que el documento original sea en sí mismo un texto con pretensiones artísticas). El propósito. Facilitar la investigación biográfica, bibliogáfica, audiográfica y fotográfica posterior a la muerte de Agustín Aguilar Tagle, de manera tal que sus herederos espirituales puedan dedicar los días a su propio presente y no a la reconstrucción titánica de virtudes, hazañas, amores, aforismos, anécdotas y pecados de un ser humano laberíntico, complejo y contradictorio. El compromiso. Cuando busco la verdad, pregunto por la belleza (AAT).













domingo, 29 de mayo de 2011

Rosario de estupores


Casi todos los viernes voy al Groove. Prefiero hacerlo solo, porque así me concentro en el gozo que me producen los platillos de Ariel Bujaikiewicz -el chef- y la música del lugar (decencia y tradición en torno al blues, el jazz y el rocanrol). Hago, entonces, mi rosario de estupores:

Salsa putanesca sobre un dócil espagueti al huevo,
y vívida contundencia del plantígrado Thelonius Monk,
dulce monotonía del reggae y alacridad del pelágico guajú,
bíblica sopa de lentejas y ternura delusoria de Marcus Roberts,
sonrisa ligera de Johnny Walker alpinista
o vaso insensato y luminoso de Glenfiddich
que moja la voz de Jerry García.
La experiencia del tavolo per uno (tisch für ein, que decía Kafka a orillas del Báltico -antes de conocer a Dora Diamant) me permitió escribir en marzo del año 9 una Oda a Ariel, que publiqué en Sopa de Florecitas, la bitácora donde guardo mis p(r)o(bl)emas de ál(ge)b(r)a. Pero, hmh, a nadie pareció gustarle o siquiera interesarle. Va de nuez, a ver si aquí tiene más suerte.

Acanthocybium Solanderi

¡Oh, Ariel bendito, qué filete de pescado!
Miro desde el acantilado tu plena sabiduría.
¡Cuánta luz, qué milenaria!
Es tu cocina del paladar abecedaria
y de los dioses eternos la mejor alegoría.

¡Oh, Ariel divino, amo tu guajú a la plancha!
Es una mujer sin macha, con alcaparras y mantequilla
(ellas son la capilla donde oficia el bienvenido limón).

Alejado de tus platos, vivo sin vivir en mí.
Entretanto y aquí, soy abducido por ángeles
y remitido a la más dulce condición.

¡Oh, Ariel diabólico, qué ensalada de aguacate!
Deja que desate mi lengua por tu verde arúgula.

Sin mengua de tus sorrentinos, asesinos de mi esplín,
bendigo tu acólito camote a la naranja,
puré que zanja diferencias y me hace decir contento:
¡Oh, Ariel prodigioso, eres mi domingo de adviento!

Tantán. Sí, nada mejor que comer solo. Pero no muevas compastivamente la cabeza, lector. Misántropo que ladra, no odia. O no odia tanto como pretende.
En realidad, soy un humanista de clóset. Humanista a lo Rabelais y a lo Bocaccio, que se entienda. Apolo no es santo de mi devoción. Al salir a la calle, experimento arrebatos espantosos: tengo, por ejemplo, la imperiosa y urgente necesidad de besar a la señora de los tamales, cuya belleza compite con la de Edward G. Robinson.

¿Por qué será que despierto siempre con un irrefrenable deseo de reintegrarme a la naturaleza y a la Conciencia Universal? No sé, pero para evitarlo fijo mi oído en la canción bravía que vomita el puesto de jugos. Al mezclarse la voz engolada del charro en turno con la risa idiota de las colegialas, desaparece el anhelo de unirme al Tejido Cósmico -sarape veteado, diría Guadalupe Trigo- que forma la mayoría de los chilangos.

Es cierto, tengo el mal hábito de renegar de la gente y de afirmar que me estorba. Sin embargo, quien me conoce sabe que me muevo bien en salones concurridos y en habitaciones compartidas. Digamos que incluso puedo ser encantador.
Las cosas se complican cuando me quedo en pareja: entonces, soy insoportablemente divino.
Hay personas intolerantes a la lactosa. De manera semejante, la mayoría de las mujeres es intolerante a mí. Sin evadir mis culpas y mis irresponsabilidades, advierto que ellas nunca se han tomado la molestia de desarrollar una enzima capaz de absorberme correctamente. Y esa triste discapacidad las vuelve seres paleozoicos, más cercanos al placodermo que al primate (aunque de éste heredan, es cierto, su belleza irresoluta y su vacilante entendimiento).
Dije al principio que los viernes acostumbro comer en el Groove y que me gusta hacerlo solo. Pero el pasado 5 de marzo tuve la suerte de salir de mi ostrasismo y admitir que a veces la compañía no sólo es placentera sino enriquecedora: compartí la mesa con el matrimonio Márquez Núñez (Axel y Monik), cuyo cariño hacia mi hermano Gerardo María (1955-2007) ha sido bálsamo precioso en un mundo que olvida a sus muertos con indolente ligereza.

Y en ésas estaba cuando, al salir del restaurante para responder una llamada telefónica, me tropecé con
José María Arreola.

Chema se encontraba en otra mesa, la más cercana a la calle, acompañado de tres personas (su suegra, su mujer -
Maricarmen García Domínguez-, ambas de hermosa sonrisa, y un amigo de Nueva York).

José María Arreola es uno de los músicos más atractivos e inteligentes de la ciudad. Dueño de una sorprendente comprensión del tiempo y de las texturas, Chema explora el silencio y lo vuelve protagonista central del ritmo.

¿Cómo ilustrar lo anterior? ¿Cómo demostrarlo? Escuchemos
Todos vinieron a la casa del hombre, sexta pista de LabA, el álbum de música horizontal que Alonso Arreola -hermano de Chema- regaló a los olvidadados del mainstream.

Todos vinieron...
es una pieza admirable. Con permiso de Ray Davis, confieso que de veras me atrapó. Su melodía está a la altura de lo memorable, de lo que tiende a convertirse en referente histórico. Es dramática, quiero decir... teatral: hay en ella un gesto permanente de sigilo, hay penumbra en torno suyo, hay suspenso. Es
música negra, en el sentido cinematográfico del término: música noir.

En cuatro minutos y diez segundos, los ejecutantes (Alonso, Carlos Maldonado y Chema) van -con la mano en la cintura- de Benoit
Charest a Robert Fripp (digo, es lo que yo escucho -que cada quien haga su propio mapa-), y José María Arreola despliega sus percusiones como quien sube y baja escaleras cortazarinas (las escaleras construidas por Alonso): sube y baja con el aire de Michael Giles y la destreza de Sunny Murray.

En fin (en principio), no es del disco de Alonso del que quiero escribir esta vez (ya lo hice en otra ocasión), sino de una sorpresa.

Gracias a mi inesperado y feliz encuentro con Chema en el Groove, me enteré de que el nieto de Juan José Arreola acaba de publicar un libro bajo el sello
Rhythm and Books: Aire en espera. Aunque eso de que acaba es un decir, porque lo presentó desde noviembre del año 9 en la Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil organizada por el Conaculta.

Sobre este hermoso libro hablaré en otra ocasión. No lo hago en este momento porque es viernes y ya es hora de irme al Groove (tengo ganas de un Serrat vespertino a la orilla de mi sopa de lentejas), pero aprovecharé el fin de semana para pasar en limpio mis notas sobre la novela corta de José María Arreola. Luego, con el deseo de que las leas, lector explorador, las montaré en este espacio.

En el ínterin, corre a comprar
Aire en espera (yo la encontré en El Péndulo de la Condesa). Te la echas en un día o en una noche. Y así, bajo la complicidad de nuestra lectura compartida, será más fácil que descubras mis clásicas babosadas o mis tinos brillantes.

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