Introitus

La idea. Elaborar un cartulario definitivo, un archivo general que contenga todo sobre Agustín Aguilar Tagle, así como aquello que se dio, se da y se dará en torno a su persona. En la medida de lo posible, se evitará el uso de imágenes decorativas (se usarán sólo aquellas que tengan cierto valor documental). Asimismo, se prescindirá de retorcidos estilos literarios a favor de la claridad y la objetividad (la excepción: que el documento original sea en sí mismo un texto con pretensiones artísticas). El propósito. Facilitar la investigación biográfica, bibliogáfica, audiográfica y fotográfica posterior a la muerte de Agustín Aguilar Tagle, de manera tal que sus herederos espirituales puedan dedicar los días a su propio presente y no a la reconstrucción titánica de virtudes, hazañas, amores, aforismos, anécdotas y pecados de un ser humano laberíntico, complejo y contradictorio. El compromiso. Cuando busco la verdad, pregunto por la belleza (AAT).













lunes, 23 de mayo de 2011

El Ikarospiel

Texto escrito en agosto de 2007

La noche del miércoles 20 de junio, después de la tormenta, tuvimos en casa invasión de Palomillas de San Juan. Así las llamó Marugenia, mi cuñada, aunque su marido no quedó convencido de la clasificación. Lo cierto es que nunca las confundimos con el fastidioso comején (nombre arahuaco para el latino termes), sino que nos sentimos en presencia de otro tipo de artrópodo, pues observamos que sus cuerpos se dividían no en dos sino en tres segmentos. Y por el desarrollo de alas, sospechamos que se trataba de hormigas mutantes. Pero no. Eran hormigas machos, así de simple.

Algunas hormigas machos (no todas) desarrollan alas, pues su meta es copular con las princesas durante el vuelo nupcial. Cumplida su tarea, mueren. Y las hembras preñadas fundan una nueva colonia. Así, la misión reproductora de los Elegidos de Dios explica su extraña conducta ese miércoles, durante el extravío que significó tan inopinada y multitudinaria llegada a la recámara nororiental de la casa.

Flacas y ambarinas, de aspecto inocente, casi enternecedoras, estas hormigas simpáticas e inofensivas concentraban su esfuerzo en acercarse al foco de 75 vatios que iluminaba el cuarto, como para emborracharse de calor (¿supondrían, en su lujuria, que la bombilla era la más hermosa y deseable princesa?). Logrado su objetivo, las hormigas voladoras se dejaban caer al suelo, divertidas y atarantadas; andaban un rato por ahí, caminaban sin mucho convencimiento y, apenas recuperaban la fuerza, emprendían de nuevo el vuelo hacia el sol de cristal, que los esperaba monstruoso y fascinante.

Eso es deporte extremo, no niñerías: volar hacia una fuente de luz y azotarse varias veces contra ella, hasta perder el conocimiento y recuperarlo.

Los entomólogos alemanes llaman ikarospiel a esta actividad de alto riesgo. Advierten, sin embargo, que se trata de un juego erótico y no de un intento de muerte voluntaria, como aquellos suicidios colectivos que se han dado entre ovejas, calamares, lemingos y cabras.

El ikarospiel –señala con agudeza la doctora Marina von Zeller- es un canto a la vida, o a la transmisión de la vida. Quien califique al ikarospiel de locura, de estúpido trastorno de la naturaleza, tendrá que hacer lo mismo con el amor entre los seres humanos. ¡Sí, el amor, el amor! Ese obcecado deseo de experimentar una y otra vez dolor intenso.

Digo y sostengo que eso que llamamos amor no es más que una versión refinada del ikarospiel, anunciada incluso desde la microscópica y dramática competencia entre espermatozoides alrededor del óvulo. Y ya que hablamos de lo que sucede dentro de las hembras de los mamíferos, abandonemos el lenguaje romántico de los biólogos (lectores de novelas de caballería, seguramente), quienes afirman que el espermatozoide más fuerte es el que logra fecundar al óvulo. Perdón, ¿no será más bien el espermatozoide más incauto?

Ante el amor y el ikarospiel, el bungee no tiene gracia ni peligro real, pues en el caso de este último basta que el largo de la cuerda sea menor que la distancia entre la plataforma y el suelo. En cambio, enamorados y hormigas voladoras siempre tocan el ombligo de la muerte, y en ambas especies la sobrevivencia es escasa.

¡Cuánta razón asiste a la doctora von Zeller! Y bien que sabe ella de estas cosas.

A propósito de alas y corazones, dirijamos el seguidor hacia Marina von Zeller e iluminémosla un rato.

Marina pasó su infancia y parte de su adolescencia en México, y aquí conoció a Bacilio Macedonio Ruiz, el poeta, con quien vivió su propio ikarospiel: durante dieciséis años ella fue la bombilla de cristal, mientras que Bacilio hizo de insecto audaz, y parece que el juego satisfizo a ambos, pues sólo así se entiende que se hayan mantenido unidos tanto tiempo. Pero hay un detalle que debemos subrayar: Marina no era precisamente una fuente de calor estática sino una planta en movimiento, una verdadera Darlingtonia Californica, también conocida como Cobra Lily: el néctar que segregaba hacía que Bacilio ascendiera por Marina hasta meterse en ella y perder la voluntad. Dentro de esta mujer carnívora, nunca fue fácil para el poeta encontrar la salida. Cuando por fin hallaba un pasadizo hacia el exterior, Marina lo despedía a golpes o arrojándolo por las escaleras. Y Bacilio sonreía agradecido, con esa sonrisa idiota de los ascetas que no distinguen entre el sufrimiento y el placer.

No pienses, lector exegeta, que el párrafo anterior está construido con sinécdoques, metonimias y metáforas. No hay tropo alguno, todo es absolutamente literal. También lo que viene...

La primera vez que Bacilio entró al cuerpo de Marina, ella tenía apenas diecisiete años y unas ganas enormes de acostarse con el autor de Jitanjáforas del Fornicio. Tal fue el gozo mutuo que el ritual se repitió frecuentemente durante los siguientes tres lustros, aunque no tan seguido como el poeta hubiera deseado (es decir, todos los días). Y los espacios de la ceremonia fueron en muchas ocasiones lugares inconvenientes: albercas públicas, edificios abandonados, pequeños baños en departamentos de amigos, automóviles prestados, nemorosos y lobregos camellones en barrios desconocidos, hoteles sin estrellas, autobuses semivacíos en oscuras carreteras, camas desastradas en cuartos de servicio, sillones verdes frente a ventanas sin cortinas, cocinas medianamente iluminadas.

Un mañana de febrero de 2002, Marina von Zeller despertó inquieta y angustiada, pero absolutamente convencida:

-Bacilio, ya no te quiero. Se me acabaron las ganas de ti. Me regreso a Berlín. Esto se acabó. Adiós.

A Bacilio le dolió mucho verla partir: la siguió con los ojos y con el alma, hasta que Marina se transformó en un puntito apenas perceptible en el horizonte. Y cuando el poeta ya no vio ni el punto, cuando perdió las esperanzas de verla regresar, lloró sobre un plato de harina, puso la mezcla a fuego lento, la dejó enfriar y luego se bebió el mejunje, dizque para que los pedazos de su corazón se fueran medio pegando entre ellos.

Rompimiento, huída, separación, divorcio, exilio, extravío, desaparición, desgarramiento, muerte, abandono, deslinde, escape, liberación, destierro, extirpación, excomunión, expulsión, escisión, alejamiento, jubilación. Casi todos hemos vivido la experiencia del cambio drástico en la relación con nuestros seres queridos, en algunos casos sin heridas, en otros con mucho dolor. Asimismo, nos rodea un mundo en constante transformación que va dejando a su paso nostalgias y suspiros. Sin embargo, como las hormigas aladas, siempre andamos en pos de una nueva aventura amorosa. El ikarospiel está en nuestra naturaleza.

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